jueves, 16 de febrero de 2017

En el arrullo de la noche

Finalizada la jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el Finalizada la jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el día siguiente, que a todas luces prometía ser de complejos obstáculos escolares. Lo apropiado en esas circunstancias era desnudarse, ponerse el pijama, limpiarse los dientes e introducir el cuerpo bajo el reclamo de las sábanas. Pero el hecho de tener sentimientos de derrota, no iba anejo en mí, a hundirme en el catre sin encomendarme a Dios ni al diablo. Más bien, el desánimo experimentado, me proporcionaba una coartada  para solazarme en la contemplación arrebatadora de la noche. Y así, me acercaba a la ventana, exponía medio cuerpo fuera de ella, presentía el espacio despoblado del patio de nuestros juegos y aspiraba con deleite las sensaciones inagotables del enigmático anochecer.

Ese zambullirse durante horas, en la noche que quedaba fuera, entre el sortilegio de las luces de la ciudad, que tenía su cenit en el deslumbrante embrujo de la Catedral iluminada, suponía un bálsamo delicioso para mi espíritu lacerado.

Hubo otros tiempos, dos o tres años atrás, en los que la ventana que hoy me habría el horizonte de la noche, fue cauce de relación, juegos e intercambios verbales con los compañeros de curso. Nos permutábamos mensajes, nos “punzábamos” unos a otros, cantábamos canciones de actualidad, relatábamos chistes y organizábamos tertulias entre los compañeros que habitábamos en las habitaciones colindantes. Visto desde el patio aquello podría semejarse a un enjambre de cabezas parlantes que afloraban de repente en la oscuridad, en el momento de ser enviados, por el superior de turno, a sumirnos en el sueño y no precisamente en el de Morfeo. Cuando el murmullo alcanzaba cuotas de sensible elevación, era frecuente que fuéramos sorprendidos por alguno de los responsables y ganarnos una reprimenda o pasar a engrosar la fila de castigados.

Una de esas noches me encontraba en estado de especial excitación. Había convenido con uno de mis colegas en animar el corrillo desde mi habitación y éste estaba conmigo dentro. Me asomé a la ventana y comencé a llamar al personal, emulando la famosa serie televisiva que hacía furor por aquellos tiempo, “Viaje al fondo del mar”: ¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!., sintiéndome el marinero Kowalski de la serie.; y mi volumen de voz iba progresivamente en aumento. Paulatinamente las ventanas se iban repoblando de cabezas que me seguían la corriente configurando un happening bullicioso. En un determinado momento me percaté de que una sombra, a mi lado izquierdo, estaba compartiendo la aventura. Deduje, dado que la oscuridad no permitía entrar en detalles, que se trataba de mi compañero que se unía a la fiesta. Pero girando la cabeza hacia la derecha, pude darme cuenta que había otra sombra en la habitación. Ésta era la de mi compañero que se esforzaba con gestos, en hacerme comprender que quien estaba a mi izquierda era un “alienígena” que no formaba parte de nuestro submarino. Era don Eusebio que había entrado sigilosamente y trataba de fichar a todo personaje que asomaba la testuz. Terminado su acopio de nombres protagonistas, se dirigió a mí dándome un capón, y me mandó a la cama con la promesa de proporcionarme un castigo más severo, como complemento. 


1 comentario:

  1. D.Eusebio...¡..gracias a los TBOS que requisaba, por uso en horas no apropiadas, pude permitirme pasar tres dias entretenido leyendo y mirando...la historia de esos tres dias es un capitulo aparte...

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