Finalizada la
jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con
la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona
necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya
obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y
así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y
repudiando el Finalizada la jornada escolar y social de
cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos
al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su
descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de
marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la
habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el día
siguiente, que a todas luces prometía ser de complejos obstáculos escolares. Lo
apropiado en esas circunstancias era desnudarse, ponerse el pijama, limpiarse
los dientes e introducir el cuerpo bajo el reclamo de las sábanas. Pero el
hecho de tener sentimientos de derrota, no iba anejo en mí, a hundirme en el
catre sin encomendarme a Dios ni al diablo. Más bien, el desánimo
experimentado, me proporcionaba una coartada
para solazarme en la contemplación arrebatadora de la noche. Y así, me
acercaba a la ventana, exponía medio cuerpo fuera de ella, presentía el espacio
despoblado del patio de nuestros juegos y aspiraba con deleite las sensaciones
inagotables del enigmático anochecer.
Ese zambullirse durante horas, en la noche
que quedaba fuera, entre el sortilegio de las luces de la ciudad, que tenía su
cenit en el deslumbrante embrujo de la Catedral iluminada, suponía un bálsamo
delicioso para mi espíritu lacerado.
Hubo otros tiempos, dos o tres años atrás,
en los que la ventana que hoy me habría el horizonte de la noche, fue cauce de
relación, juegos e intercambios verbales con los compañeros de curso. Nos
permutábamos mensajes, nos “punzábamos” unos a otros, cantábamos canciones de
actualidad, relatábamos chistes y organizábamos tertulias entre los compañeros
que habitábamos en las habitaciones colindantes. Visto desde el patio aquello
podría semejarse a un enjambre de cabezas parlantes que afloraban de repente en
la oscuridad, en el momento de ser enviados, por el superior de turno, a
sumirnos en el sueño y no precisamente en el de Morfeo. Cuando el murmullo
alcanzaba cuotas de sensible elevación, era frecuente que fuéramos sorprendidos
por alguno de los responsables y ganarnos una reprimenda o pasar a engrosar la
fila de castigados.
Una de esas noches me encontraba en estado
de especial excitación. Había convenido con uno de mis colegas en animar el
corrillo desde mi habitación y éste estaba conmigo dentro. Me asomé a la
ventana y comencé a llamar al personal, emulando la famosa serie televisiva que
hacía furor por aquellos tiempo, “Viaje al fondo del mar”: ¡
“Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡
“Aereosub llamando al Seaview”!., sintiéndome el marinero Kowalski de
la serie.; y mi volumen de voz iba progresivamente en aumento.
Paulatinamente las ventanas se iban repoblando de cabezas que me seguían la
corriente configurando un happening bullicioso. En un determinado momento me
percaté de que una sombra, a mi lado izquierdo, estaba compartiendo la
aventura. Deduje, dado que la oscuridad no permitía entrar en detalles, que se
trataba de mi compañero que se unía a la fiesta. Pero girando la cabeza hacia
la derecha, pude darme cuenta que había otra sombra en la habitación. Ésta era la
de mi compañero que se esforzaba con gestos, en hacerme comprender que quien
estaba a mi izquierda era un “alienígena” que no formaba parte de nuestro
submarino. Era don Eusebio que había entrado sigilosamente y trataba de fichar
a todo personaje que asomaba la testuz. Terminado su acopio de nombres
protagonistas, se dirigió a mí dándome un capón, y me mandó a la cama con la
promesa de proporcionarme un castigo más severo, como complemento.
D.Eusebio...¡..gracias a los TBOS que requisaba, por uso en horas no apropiadas, pude permitirme pasar tres dias entretenido leyendo y mirando...la historia de esos tres dias es un capitulo aparte...
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