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viernes, 22 de diciembre de 2017
El salto
El salto a la autonomía que supuso la salida del internado hacia la vida independiente, no trajo consigo grandes ventajas. El desajuste relacionado con mis estudios no se hizo esperar. La primera evaluación de COU, en el instituto Fray Luis de León, me sorprendió con un rotundo fracaso. Hasta cinco asignaturas salpicaron mi expediente de un borrón que hubiera sido impensable en mis años de colegial en Calatrava.
En el internado estaba perfectamente adaptado, era conocido sobradamente por los profesores, en ocasiones incluso percibí una confianza, tal vez desproporcionada, en mis cualidades y supuesta honradez. Los superiores me atribuían, con cierta ligereza, una madurez que yo estaba aún lejos de ostentar. Recuerdo que en ocasiones pedía permiso para salir del centro en horas no dedicadas a salidas y se me otorgaban dicho permiso sin necesidad de recurrir a especiales argumentos ni justificaciones. Otros en cambio no gozaban de tales prerrogativas.
Ahora en el instituto era un perfecto desconocido. Era neófito en todo. Y debía situarme ante los retos de modo experimental y exploratorio. Desde la forma diferente de afrontar las nuevas asignaturas, a la adaptación a desiguales profesores, que tenían desconocidos métodos de enseñanza, cuando no se autopromocionaban entregándose a singulares fobias, o dispensaban sus simpatías y filias hacia alumnos con trayectoria de mayor antigüedad en el instituto. Sufrí un penoso periodo de adaptación, bajo el influjo de un mar de dudas.
Mi vida independiente trajo consigo la función de jefe de familia y amo de casa. Demasiada responsabilidad para tan poco vuelo. Me responsabilicé del cuidado y educación de tres hermanos más pequeños que aún estaban en edad escolar. Se trasladaron desde el pueblo a la ciudad, previo acuerdo entre mis padres y mío, en un intento que a la postre resultó fallido, para dotarles de una promoción con mayor lustre.
Tenía que estar atento a que no cayeran en el absentismo; supervisar sus deberes, atender a las demandas de sus profesores cuando existía alguna incidencia; apoyarlos en sus dificultades académicas; velar por una alimentación, vestido y limpieza que fuera medianamente adecuadas a su momento de crecimiento y socialización, etc. Y todo ello gestionando unos muy escasos recursos económicos y habilitando un piso en alquiler que amenazaba ruinas.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
Aquellas navidades del 73
Con ese espíritu dulzón que se me albergaba muy dentro del pecho en los albores de las navidades, me encaminaba, al final de la mañana del 20 de diciembre de 1973, hacia la portería del internado para solucionar no sé qué asunto que tenía pendiente. Ese mismo día nos daban las vacaciones de Navidad. El comedor ya se estaba engalanando con serpentinas y ornamentos para la ocasión, y los villancicos sonaban a todo trapo imantando el contexto de fantasía y ensueño. En unos minutos celebraríamos la comida especial con que cada año nos sorprendían en las horas previas a nuestra marcha.
Y me topé de frente con un amigo que con la cara un tanto desencajada, arrojando una inquietud manifiesta, me espetó alarmado: “Han matado a Carrero Blanco”.
Llegaba de su domicilio (él era externo), ubicado dentro de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Salamanca, portando noticias frescas sobre los movimientos castrenses y de las fuerzas del orden público. “Han ordenado el acuartelamiento de todas las unidades. Se va armar una buena”, me dijo.
Quedé sumido en una profunda inquietud. De un golpe interioricé una gama diversa de posibles desgracias que podían venir unidas, como consecuencia de este inesperado atentado de la calle Claudio Coello de Madrid. La placidez externa con la que vivíamos podía volar por los aires de modo similar al del vehículo del Almirante.
Placidez externa. Porque a pesar de las situaciones que nuestro País estaba pasando desde hacía tantos lustros, sometidos al gobierno arbitrario del Dictador, nosotros vivíamos una vida feliz y libre, dentro de los muros de Calatrava. Teníamos conciencia del contexto en que vivíamos, sí. O al menos, nuestros educadores trataron de transmitirnos la información oportuna, para que analizáramos la realidad de modo crítico y pudiéramos liberarnos de la propaganda del régimen. Éramos conscientes de las injusticias y ataque a los derechos humanos que se cometían bajo la batuta del poder del gobierno. Pero este conocimiento no dejaba de venir ligado a cuestiones especulativas o de conocimientos teóricos. En lo práctico, gozábamos del feliz limbo de la inconsciencia.
De modo que el asesinato del Presidente del gobierno suponía una cuña incrustada en la base de flotación de nuestro mundo feliz. ¿Sería posible que esta adherencia violenta aniquilara la placidez de las aguas de aquel estanque?
El espíritu dulzón se me agrió, la fiesta se me hizo tormentosa y la marcha hacia mi pueblo, en el coche de “línea” que me transportaba, resultó el trayecto hacia las tinieblas del futuro. Un futuro que, afortunadamente, años más tarde, terminaría siendo iluminado por la luz de la esperanza.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Tronco Seco
Fin de semana del 16 y 17 de febrero de 1974. La música lo abarca casi todo. Alguna hora dedicada al estudio (estamos en plena evaluación) y el ejercicio de “balonero” el sábado por la mañana, y todo lo demás, pruebas y ensayos del grupo Tronco Seco.
Nos presentamos ante el Director de la “Semana de intérpretes universitarios”, D. Dámaso García, para que nos realizara la prueba pertinente. Y fuimos seleccionados para participar en el evento.
La “Semana de intérpretes universitarios” constituía un acontecimiento musical de primer orden en el mundillo de la interpretación en Salamanca. Se daban cita las principales promesas de la canción y de la interpretación instrumental de la ciudad. La mayoría ligados al ámbito universitario. El escenario en el que se celebraba tan sonado acontecimiento era el “Aula Juan de la Encina”, excelente teatro donde tenían lugar innumerables manifestaciones artísticas, generalmente de contenido alternativo, conciertos de gran calidad y propuestas artísticas de rigorismo ilustrado. Solían asistir a estas actividades la flor y nata del intelectualismo salmantino.
Tuvimos el primer ensayo en el Aula Juan del Encina, este domingo 17 de febrero del 74, tras estar presente en otras pruebas de agrupaciones y solistas que iban a actuar en la Semana. Los grupos “Lejanía” y “Hélade” fueron algunos de ellos. En nuestro ensayo estuvo presente el grupo “Tláloc”. “A las cinco hemos estado ensayando en el Aula de Juan del Encina. Fue Tlaloc. Han sido críticos con algunos defectillos”. Escribo en el diario. Este Tláloc era un grupo que yo admiraba por esa época. Realizaban un tipo de música de gran virtuosismo, en lo que al formato de las piezas musicales se refiere. Y por otra parte, sus letras llevaban una carga de crítica social y denuncia, indirecta o directa, al régimen que dominaba nuestras vidas en aquel instante. Por lo general, musicaba poemas de poetas comprometidos como Nazim Hitmet o poetas españoles de la posguerra (José Hierro, Ángel González, José Agustín Goytisolo...), muchos de ellos en el exilio. Poco sospechaba en aquel momento, que en este grupo, terminaría recabando yo, no mucho tiempo después.
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Valladolid, España
viernes, 15 de diciembre de 2017
Cuestión de pelotas
Mi vida ha estado siempre profundamente ligada a las pelotas. Es probable que desde los primeros soplos vitales me sobreviniera un aprecio singular por tener en mis manos ese juguete esférico, que golpeado contra una pared de modo repetitivo, y devuelto con un toque seco impulsado por la palma de la mano, hacía las delicias del entretenimiento de mi niñez.
La cuna en la que se abrieron mis ojos y sintieron las primeras sensaciones acústicas mis oídos, estuvo instalada muy cerca del frontón del pueblo. Supongo que a ella me llegó, aunque de modo inconsciente, el impacto favorable de las contiendas deportivas que se dirimían entre los mozos del pueblo. La pelota al chocar fuertemente contra el frontón era repelida de modo tan exageradamente enérgico, que no pocas veces llegaba rebotada a lamer el alfeizar de mi ventana, tras la que exploraba mi entorno, con movimientos juguetones de mis miembros inferiores y superiores. Así debí ser imbuido por una atractiva fuerza a la que estuve prendido durante varios años.
También, según me dicen, tendría sobre mí su impronta la herencia genética recibida de mi abuelo paterno. Cuentan que era uno de los mejores pelotaris de la comarca. A mí a penas me alcanza sobre él algún recuerdo vinculado a dicha práctica. Una ligerísima visión retrospectiva me acerca su imagen de pequeña estatura, cuerpo menudo, ceño fruncido medio disimulada por la boina y talante nervioso y vivaz, enviando la pelota con la precisión de un cirujano a los huecos donde no podían llegar sus oponentes. Tal vez mi imaginación esté cubriendo el lapsus que no ha rellenado el recuerdo.
Más tarde, en los albores de la adolescencia, fui cautivado por la práctica del balón pie. Práctica que me acompañó ya de modo inexorable durante los años más significativos en el ejercicio del deporte. Y no sólo en ese tiempo. Todavía, hace unos pocos años, estuve ligado al mundillo futbolístico acompañando a mi hijo en todos los partidos que disputaba los fines de semana y, a veces, hasta en algunos entrenamientos. Y así se me ha ido gran parte de mi tiempo, viviendo la excitación que me transmite una pelota, que como loca salta, se desliza, choca y en raras ocasiones queda encajada bajo el arco y el fondo de red de una portería. Seguro, que es tiempo precioso un tanto perdido. Como perdida parecía la mañana de un sábado, 15 de febrero de 1973, en el que reflejaba en mi diario cierto reproche por estar ocupado en funciones balompédicas: “Por la mañana todo el día haciendo las tareas de delegado de fútbol”. En ese tiempo yo era el “balonero”, encargado de proporcionar los balones necesarios para las diferentes prácticas deportivas del colegio, mantener a punto los diferentes materiales y dejar todo ello recogido y en perfecto estado de conservación.
Tiempos perdidos. Pero qué puedo hacer, si llevo el estigma de las pelotas grabado en el pecho desde cuando, sin tan siquiera balbucear palabra, recibía las primeras sensaciones vitales en una cuna ubicada frente al frontón de mi pueblo.
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miércoles, 13 de diciembre de 2017
Embargo de intérprete
Se me ha reconocido con frecuencia mis dotes interpretativas. Y en realidad me encuentro muy cómodo cuando tengo que hacer simulaciones o desempeñar algún papel en el que tenga que mostrar mis capacidades de escenificación. En realidad una de mis vocaciones frustradas ha sido el teatro.
En las veladas y festivales que se organizaban en nuestro internado, me prestaba gustoso para realizar alguna obrilla o representar algún papel, viniera o no viniera mucho a cuento. Pero bien sea por el espacio que ocupó mi incursión en el mundo de la música, o debido a que no encontré el contexto de acompañamiento adecuado para desarrollar este interés, el teatro quedó relegado a esa gris antesala de las acciones que se proyectan para tiempos mejores, esos que nunca llegan.
Esa antesala ha quedado materializada en unas cuantas fotografías en blanco y negro, documentación gráfica de una obra de Alejandro Casona, que permanecen en una carpeta deslustrada, como testigo de una muestra de mi vida, en la que yo representaba el papel del diablo. Un esbozo que diseñaba algunos rasgos como promesa de un futuro que definitivamente quedaría abandonado. Abandono, como “La Barca sin pescador” que, quién lo diría, vendría a ser la metáfora de mi vida respecto a este objeto de mi deseo, barca del teatro dejada a la deriva por los mares de mi desidia.
Sí es verdad que el Arte Dramático ocupó mi mente, como posible alternativa de estudio universitario, en las postrimerías del bachiller. Pero al deshojar la margarita, profusa de hojas-opciones, fue una de las descartadas en primera instancia. El hecho de tener que desplazarme a Madrid para realizar tan ilustres estudios no estaba al alcance de mis exiguos recursos. Y además, se había forjado en mi interior, un impulso incontenible por formarme en alguna disciplina, que me habilitara profesionalmente para realizar servicios orientados a aliviar penalidades, a fomentar la educación, promocionar las personas empobrecidas, etc. Percibía en aquel momento que ya existía en la realidad demasiado drama. Ese drama, de algún modo también, me hacía desistir de convertir mi vida en interpretación, cuando se me necesitaba para empresas, iluso de mí, más sublimes, para cambiar el mundo.
Y así terminé dedicándome a la educación, con la difusa ilusión de posibilitar el desarrollo personal y comunitario.
El gusanillo que aún descansa en la antesala de los objetivos no cumplidos, se ha despertado hoy, al leer los comentarios escritos en mi diario del 27 de noviembre de 1973. En ellos se alude al primer ensayo de la obra citada, dirigida por D. Marciano y en la que los protagonistas eran alumnos de COU, tres ó cuatro chicas venidas del exterior, y yo mismo, como único representante de 6º. Para el papel de diablo. No debieron encontrar candidatos en el curso de orientación universitaria. O percibieron en mí aptitudes solventes para la escenificación teatral. Aptitudes sobre las que, con el tiempo, cayó el embargo.
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sábado, 9 de diciembre de 2017
Tierras de Castilla
El 14 de Noviembre
de 1973 me consumía en el intento de realizar un trabajo de filosofía sobre el
tema de la muerte. Estaba tremendamente confuso sobre el enfoque que podía
darle. Era un tema que me superaba. No sé si al final logré plasmar algún
pensamiento coherente o reflexiones hiladas que no desmerecieran de ese objeto
de especulación.
Años más tarde
reflexionaba sobre este asunto vinculando muerte y campos castellanos:
“Camino lentamente
por senderos castellanos, entre encinas, yerbas secas arrasadas por el sol,
cardos amarillentos y algún matojo desperdigado. Siento la grandeza de saborear
palmo a palmo la raquítica flora de estas inmensas explanadas que no se
pierden, sino que se prolongan y prolongan y prolongan... Estas extensiones me
hablan del eterno deseo humano de infinitud, de su anhelo por expansión sin
límites, de superación de cuanto pueda limitarle, de superar al propio
obstáculo de la muerte.
El hombre y los
campos castellanos llevan en su código interno la vocación de la trascendencia;
sus contornos no quedan dibujados, no podemos captar sus límites. Todo se
zambulle en el misterio, donde parece intuirse sus identidades definitivas.
Me paro para
recoger una piedra que rompe ligeramente la monotonía de diseño de las demás.
La observo detenidamente y recuerdo alguno de los conocimientos de geología que
aún no he perdido con el paso del tiempo. Tiene estructura cristalina y sus
capas están diseñadas como si se tratase de una obra de arte. Me sobrecoge la
belleza de esta pequeña piedrecilla. Sin querer me transporta hacia la realidad
de un espíritu de misterio que mueve toda esta trama que fundamenta el mundo y
la vida.
El
contemplar los parajes agrestes de los campos castellanos, aplanados por el sol
de verano, me sugieren la idea de la muerte. Reconozco que me resisto a
percibir algún atisbo o aspecto positivo sobre esta finitud de la vida, como
también es difícil imaginarse estos campos estériles como portadores de
fecundidad. La muerte no podemos concebirla sólo como el fin de nuestra vida.
Hay que unirla a la idea de privación, de falta, de ruptura con algo o alguien.
Estos campos me hablan de la muerte a la que son sometidas las poblaciones de
estas tierras desde tiempos lejanos. De la esclavitud de la tierra en la que se encuentran sumidos,
por el déficit de bienes, esos que les han sido arrebatados. La muerte va ligada
a la idea de condiciones míseras de subsistencia, de cercenar las aspiraciones
de libertad y liberación que apenas conocen. Pero también a la de fecundidad,
esperanza en los campos, en los hijos, en la naturaleza, dadora de las
condiciones de crecimiento de las mieses. Muerte y vida; desierto y fecundidad;
límite y resurrección.
martes, 5 de diciembre de 2017
Trajín musical
Mi pulso
tembloroso se revela impreciso e inseguro. Acometo la tarea que en su día se
convertirá en hábito matutino. La hojilla de afeitar me castiga por mi penoso
dominio en las habilidades de rasurar mi incipiente barba. Mi rostro queda
surcado de significativos rasguños y cortaduras. No sé hasta qué punto es un
problema de destrezas, o más bien, que me siento sometido a una presión interna
que se manifiesta en torpeza. Porque el ahogo interior me produce falta de
dominio del espacio y una coordinación sensomotriz deficiente.
Mi diario produce
un grito desde la distancia temporal: “No sé qué me pasa. No sé porqué habré estado tan nervioso desde el
principio del día.”
Es el grito de
alguien que no es capaz de dominar el cúmulo de sentimientos y vivencias que le
rodean.
El día, que se
extiende entre participaciones del grupo de música en amenizar misas, hasta
tres (vaya paliza), ensayos y una pequeña actuación para un colectivo de
personas enfermas, se convierte en espacio de agresión sutil a mis compañeros. “Por la mañana hemos cantado tres misas.
Para morirse. Por la tarde no sé qué me ha pasado, me he puesto un poco
insoportable en el ensayo. Ha sido un desastre. He llegado a poner de mal humor
a Paco.”
Menos mal que la
situación se relaja al final de la tarde. El grupo y sus adláteres nos dimos
cita en el bar Miguel, centro de nuestros encuentros ociosos y relacionales y, en amenizada tertulia intercalada de cantos y contactos exploratorios,
dilatamos el tiempo recibiendo el bálsamo del regocijo compartido.
lunes, 4 de diciembre de 2017
En otro tiempo remoto
En medio de un profundo maremoto interior, se aproximaba el puente de los Santos y por consiguiente debía irme al pueblo. La contrariedad se refleja en las notas escritas dejadas en el diario que exhalan incomodo y ansiedad. Mis escarceos amorosos hacia una de las chicas que me cautivaban vivían un momento delicado. Los días pasados nuestra relación había fluctuado entre episodios de ambivalencia. Una comunicación profunda y sincera con ella, que transparentó estrechos vínculos y vibraciones especiales, había dado paso, en otro momento, a cierta fricción incorpórea revelada en signos de frialdad y lejanía. Del gozo al pozo en apenas un fin de semana.
Necesitaba imperiosamente volver a quedar con ella. Ocupar esos valiosísimos días que nos regalaba el puente para invertir la tendencia. Borrar el malestar del último lance y recuperar el río fluido de la aproximación íntima, sin mediaciones aciagas ni escollos de mal agüero. Pero el puente se iba a desvanecer. Quedaría congelado en el tiempo. Y ella permanecería ante mí, como la protagonista del cuento, atrapada en un sueño permanente, en espera de ser liberada por el príncipe intrépido a través del beso de amor.
Ese puente era otro mundo. Una falla entre dos temporalidades. Y yo, obligado a traspasar hacia el otro lado, al desplazarme para ir a mi pueblo, dejaba el lado del vivo para internarme en el reino del muerto.
En mi pueblo se desvanecieron los sueños de días pensados para la reconquista amorosa. Como un sonámbulo acompañé a mi tía en la recogida de crisantemos. Un huerto próximo a la casa familiar producía variedades de flores y frutos. A finales de octubre se poblaba de capullos, que convertidos en flores en noviembre, recogíamos para adornar las tumbas de los familiares fallecidos. Y ahí estaba yo, prisionero de las costumbres ancestrales, participando en la liturgia de respeto y pleitesía a aquellos que un día nos dejaron para siempre. Pero en realidad era yo otro muerto. Incapaz de saborear el espléndido sol de la mañana, que bañaba los parajes como en una primavera confundida e improvisada, transitaba hundido en profunda tristeza. Habitante de otro planeta, ovni en un mundo extraño al que en ese momento repudiaba y no quería pertenecer.
viernes, 7 de abril de 2017
Encuentros furtivos
La coeducación en los colegios es algo tan natural y sensato
en la actualidad, que me resulta chocante, el imperio del criterio opuesto, en
aquellos años del pasado. La separación educativa por sexos, provocaba un
peculiar trato entre chicos y chicas. Estábamos acostumbrados a que la
cotidianidad marcara una relación exclusiva homófona, chico-chico o
chica-chica. Esta circunstancia propiciaba un deseo enfermizo de encuentro con
el sexo opuesto, en ese espacio extraordinario que suponía los fines de semana.
Íbamos como locos en busca de esas relaciones complementarias. Y las
absorbíamos, en aquel intervalo de nuestra vida que conformaban el sábado y
domingo, como si fueran las últimas relaciones heterosexuales de las que íbamos
a gozar en toda nuestra vida.
En algunas ocasiones, en nuestro internado, se rompía la
tendencia y lográbamos algún furtivo encuentro con alguna jovencita durante los
días ordinarios de la semana. Solían ser ayudantes del servicio del colegio,
que colaboraban en tareas de limpieza y del comedor. Establecer algún tipo de
contacto, de mirada cruzada, roce intencionado en el cruce discreto de un
pasillo, o simplemente observar las piernas generosamente mostradas en un
descuido, constituían todo un plus regocijante para nuestras vidas sometidas al
desierto cotidiano.
En circunstancias excepcionales nos trasladábamos al
Aspirantado Maestro Ávila, colegio con el que teníamos relaciones especiales de
fraternidad (Algunos de nuestros superiores de entonces, y la totalidad de
tiempos anteriores, habían sido formados en la orden de dicho centro). Solíamos
compartir con los alumnos de allí el visionado de películas de cine. A ese cine
también asistían algunas chiquitas del servicio de aquel centro; y yo quedé
prendado o prendido de una de ellas. El domingo que nos ocupa tuve un encuentro
regocijante con ella, de cuyo nombre, como en El quijote, no logro recordar,
pero que mi diario se refleja como la chica del “Aspi”
Cada noche de domingo vivíamos sometidos al resultado de
nuestros escarceos de fin de semana. Una moral que dependía directamente de
nuestros éxitos o fracasos en aquellos envites, imprimía en nosotros el sello
con el que afrontábamos la difícil andanada del comienzo de semana. El 10 de
Junio, por la noche, pasaba por momento desordenados de euforia y decaimiento.
No lograba mantener un equilibrio equidistante entre los dos polos. Ora me
sentía amilanado por la proximidad del lunes y la negrura que proyectaba sobre
mi espíritu, ora me deleitaba en el recuerdo de la chica del Aspi y una tal
Maite que también se había cruzado en mi camino provocando el deleite de un
nuevo encuentro.
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miércoles, 5 de abril de 2017
Espacio con turbulencias
Se produce un salto considerable en el diario de mi etapa juvenil. La marcha al
pueblo y permanencia en él durante un puente, me hizo perder el ritmo diario de
anotar cada noche algunas líneas en sus hojas ávidas de ser rellenadas. No
había en el hogar familiar excesivas condiciones para aislarte y, en clima de serenidad,
reflejar en un papel pensamientos, sentimientos o ideas que crecían abundantes
en mi cerebro.
La profusa prole que poblaba nuestra vivienda aseguraba
bullicio, peleas, gritos permanentes, confusión, riñas...; todo lo que uno
pueda imaginarse como contrapuesto a la serenidad y al clima reflexivo. Como
consecuencia, cuando pisaba el umbral de mi casa, sentía que penetraba en una
dimensión diferente. Era adentrarme en un planeta, que aun resultándome
demasiado familiar - en esos retornos periódicos- comenzaba sacudiéndome como
un latigazo repentino de novedoso asombro, para tragarme al instante en su
vientre de rutinarias turbulencias.
Sentía un abismo irreconciliable entre los dos mundos que me
cobijaban en esa época. El estudiantil, que me impulsaba aspirando a metas de
ensueño y deleite, al abrigo del internado de Calatrava; y el del retorno a mis
fuentes, al plancton de mis ancestros; espacio en el que me zambullía como la
vuelta inexorable a mis orígenes y en el que vivía la ambivalencia de quien
siente el peso de rémoras no queridas, pero que absorbe en ellas, una profunda
fuerza de superación y de lucha.
El paso de uno a otro mundo suponía un parto difícil de
sobrellevar. Y tenían que pasar cierto tiempo para amoldarme y sentirme
pletórico de fuerzas recobrando el pulso de mi existencia al nuevo medio. Por
la brevedad de permanencia en el pueblo, me resultaba difícil adaptarme a ese
contexto en mis puntuales regresos. Y vagaba como alma en pena, respondiendo a
los recados y encomiendas que mis padres me demandaban, sin dejar especiales
huellas ni registros sublimes, en cuadernos y descosidos de mi existencia.
martes, 4 de abril de 2017
De los profesores que dejaron huella

D.E.P., querido Victoriano García Pilo.
El profesor de filosofía llevaba la “voz cantante”. Era a la vez docente de la materia especulativa y profesor de música. Creo recordar que también en alguna ocasión impartió clases de religión en sustitución del profesor titular. Pero quedará vinculado a los recuerdos de los antiguos alumnos como el profesor de música.
Mis primeros recuerdos sobre él me trasladan a una clase impartida, si no recuerdo mal, en el laboratorio de Ciencias, que en alguna ocasión se utilizaba para esta materia, por tener en él albergado un piano. Trataba el profesor de organizar el grupo en función de las dotes musicales de cada uno. A nivel individual íbamos saliendo, uno a uno a la palestra, para repetir la escala musical y así poder determinarse el soporte de nuestras diversas tonalidades. Él trataba de marcar la pauta trazando a cada alumno las referencias gestuales y acústicas que le facilitaran la reproducción del producto deseado. Sus exageradas muecas provocaban en un principio irritación o mofa. Parecía agredirte con los movimientos de su rostro. Arqueaba las cejas, fijaba la mirada abriendo espectacularmente sus enormes ojos que parecía iban a salírsele de los cuencos; esbozaba una expresión dura acentuándola con esforzados rictus de cartón piedra. Abría tan espectacularmente la boca que parecía te iba a engullir en el siguiente movimiento.
En tiempos posteriores he proyectado sobre él la imagen de la boa que se traga al elefante en El Principito de Saint de Exupéry
Y en las ferias de la ciudad donde hoy vivo, el espectáculo infantil de “La Tía Melitona”, zampando en un simulado juego a los niños que se atreven a meterse en su boca, me renuevan cada año el recuerdo de este inolvidable y querido profesor de mi adolescencia.
A pesar de sus gestos era todo bondad. Nos trataba con el esmero que necesitaban adolescentes sometidos a los cambios, en una edad henchida de dificultades, periodo trascendental para ir apuntalando los hitos y lanzarse a vivir una vida madura. Su asignatura de filosofía, que el diario de este 13 de noviembre me trae a la memoria, era un compendio de reflexiones para la vida. Esgrimía análisis y críticas agudas sobre los modos de existir y comportarse. Y a muchos de nosotros (recuerdo la pasión con la que consumía sus clases mi querido compañero Santamaría), nos facilitó referencias, para atrevernos a pensar de modo original y personalista.
lunes, 3 de abril de 2017
El escaño de la cocina
Cualquier detalle de aquella #época remota me evoca sentimientos o recuerdos de profundo calado. La referencia en mi diario #juvenil, de un día de puente y la consiguiente visita #familiar al pueblo, me hacían situar ante ese otro entorno de mi vida, aquel que me suministraba sentimientos contradictorios de #amor y de #rechazo. Amor a mi familia, allegados, #amigos e incluso a todos los habitantes de ese contexto #rural, convecinos a los que profeso natural aprecio; pero rechazo a las condiciones duras de vida, esas condiciones que me habían empujado a buscar otro hábitat de supervivencia.Mis recuerdos se remontan a un tiempo para mí remotísimo en el que residíamos en el centro de la #villa, domicilio donde yo vine al mundo. Mi #padre, cansado del intenso trabajo que las faenas agrícolas y ganaderas le hacían soportar, yacía tumbado sobre un #banco de madera (“el escaño”), adormilado, en actitud de espera, anhelando que mi #madre volviera de casa de los #abuelos para servirle la #cena. Los acontecimientos y recuerdos de un pasado tan lejano se entremezclan en una nebulosa confusa y deshilachada que no me permite concretar una #evolución cronológica medianamente fiable. Pero me inclino a pensar que éste es el primer recuerdo que ha quedado prendido entre las #telarañas de mi memoria.Esa visión, #fotografía viviente que permanece aún en mi vida como un fresco de profundo arraigo en mis entrañas, se me ha antojado un flash premonitorio de a qué podía quedar reducida mi vida, si seguía los pasos de mi padre. Es probable que mi búsqueda de otros mundos diferentes al que había experimentado desde mi más tierna #infancia, tenga mucho que ver con el efecto angustioso que me produjo la contemplación de mi padre, agotado, rendido sobre un banco de madera, esperando la cena y sin otras expectativas que vivir sometido a las leyes inexorables de un trabajo agotador, que a duras penas producía un mísero fruto para ir sobreviviendo.
viernes, 10 de marzo de 2017
De cabeza, dolores de cabeza
Visto a tan larga distancia (han pasado tantos años...) el dolor de cabeza de aquel día ha pasado a la historia. Parece tan banal que un diario refleje un dolor de cabeza como el acontecimiento de ese día que me siento predispuesto a pasarlo sin prestarle ninguna atención. Cualquier otro acontecimiento, aunque fuera relacionado con pensamientos o modos de ver la vida, sueños o proyectos ilusorios, dejaron mayor huella que un dolor de cabeza, a pesar de que este hecho, por su consistencia física, es una realidad más tangible que ideas y fantasías.
De hecho, ¿puedo afirmar que existió ese dolor de cabeza?. O en realidad se trataba de un escudo protector o una proyección de otras dificultades o dolores morales que me atenazaban en aquel tiempo. Con el paso de los años he podido comprobar que gran parte de las dolencias físicas vienen causadas por disfunciones de otro tipo. Hay tantas situaciones que nos afectan de modo global en nuestra existencia y que nos provocan dolencias en el organismo... El stress, los hábitos malsanos, el desasosiego, las dificultades económicas, los problemas con los hijos, los problemas con los compañeros de trabajo, la falta de trabajo, la soledad, el fracaso con la pareja, la tensión de una entrevista, la falta de iniciativa, la autoestima baja, los ruidos ambientales, la falta de amor, el desamor como herida profunda, la tendencia a tener aversión a los otros, los lunes...La lista sería interminable. Y termino con la sensación de que, lejos de considerar lo del dolor de cabeza como un acontecimiento banal, habría que considerarlo como lo más relevante de nuestra existencia. Existir, en cierto modo, es un gran dolor de cabeza.
jueves, 9 de marzo de 2017
Aprendiz de cabrero
Contaría con unos 8 ó 9 años cuando participé en una
experiencia de cuidador de cabras. En concreto como ayudante del cabrero.
Tenía mi familia un par de cabras, y una cabritilla pequeña
a la que familiarmente denominábamos “la chivita”. Durante el día, las cabras
de mi pueblo eran cuidadas por el cabrero comunal, que recogía, todas las de la
villa, de un corralillo, en el que cada vecino dejaba las suyas, en las
primeras horas de la mañana.
A mis hermanos y a mí nos correspondió, durante gran parte
de nuestra infancia, madrugar a aquellas horas, no precisamente recomendables
para edades tan tiernas (necesitadas del descanso prolongado), para llevar
nuestras cabras al corral comunitario.
Cuando nuestra “chivita” era pequeña, no participaba con las
demás cabras en la salida hacia los pastizales, reservados a tal efecto por las
autoridades del municipio. Permanecía en los anexos de la casa, correteando
libre por el aprisco y esperando el regreso de la madre cabra. Pero llegado el
momento de dar el salto al rebaño adulto, debía superar un intervalo de
adaptación. Una situación similar al proceso de adaptación de nuestros hijos a
la escuela, en el primer año de Primaria.
Durante ese periodo, que duraba en torno a quince días, tuve
que acompañar al cabrero en la tarea de integración de la pequeña cabritilla. Y
allí anduve, andarín por pastizales y trotacaminos por vericuetos desconocidos
del pueblo. Permanecía alerta a las andanzas de nuestra “chivita”, haciendo
cuanto fuera necesario para que no se extraviara, para que no abandonara el
rebaño. Y si alguna vez, cualquier despiste, permitía que la pequeña cabra se
rezagara de las demás o escapara en trote confuso en su pretensión de libertad,
yo iba tras ella, la buscaba entre los matojos, zarzas y escobas, y la hacía
retornar al centro del rebaño.
No son muchos los recuerdos que perviven en mi memoria de
aquella aventura de aprendiz de cabrero. Aun así, se me representa, en una
actualidad virtualizada, una escena del momento de la siesta. Dormíamos el
cabrero y yo bajo el puente conocido en mi pueblo como “Puente de Siete Ojos”,
tras de habernos liquidado una copiosa merienda. El cabrero, no sé si por el
cansancio o por el vino, se zambullía en un sueño, tan profundo y duradero, que
se me antojaba eterno. Yo despertaba y permanecía tumbado, en silencio, horas y
horas, esperando que despertara. Como tardaba tanto en dar señales de vida, me
apoderaba un temor impreciso, pero de profundo desasosiego, ante la posibilidad
de que el cabrero hubiera muerto. Sólo los estertores de ronquidos y algún
espasmo, me devolvían a la certeza de que todo seguía bajo la normalidad
reinante, en la naturaleza sosegada de aquellos parajes.
miércoles, 8 de marzo de 2017
Como zíngaros del espectáculo
Nos dirigimos hacia el pueblo de Aldeatejada, a unos 3 Km de
Salamanca. Hemos quedado con el párroco de la localidad en una de las calles
adyacentes al internado. Cargados con los instrumentos musicales que consideramos
imprescindibles para amenizar una misa de pueblo, nos encaminamos al lugar de
la cita con la caras soñolientas y los signos resacosos de quienes el sábado
han trasnochado. Formamos una cuadrilla de titiriteros explorando las calles
semidesiertas, con sus bártulos a la espalda, en una reluciente mañana de
domingo. De cuando en cuando, nos detenemos para asegurar algún acorde de
guitarra que en el ensayo del día anterior han quedado impreciso. Algunos
componentes del grupo aprovechábamos estos incisos en el camino, para armonizar
y aclarar nuestras voces con canciones de nuestro repertorio. Varios vecinos se
asoman a la ventana convencidos de que se trata de una tropa de cíngaros que
realizan la ancestral actuación callejera con la exhibición del equilibrismo de
una cabra.
El cura nos espera con su funcional SEAT 850 en el que
apuradamente introducimos los instrumentos y nos sentamos apretujados para
realizar el corto viaje que nos traslada desde Salamanca hasta la entrada del
templo de Aldeatejada.
En el pueblo, Macu se ajusta el corpiño con la agitación que
le produce la novedad de ese día festivo. Se atavía con las galas propias de
las festividades significativas, solemnidades que en los pueblos castellanos
tienen destacado arraigo desde tiempos inmemoriales. Con movimientos sutiles y
precisos se aplica un ligero maquillaje resaltando, con un retoque de rímel,
sus ojos rasgados. Se calza sus zapatos de mediano tacón y se dirige decidida
hacia la plazoleta donde se ubica la iglesia. Otras jovencitas esperan en el
lugar señalado, formando un corro y regocijadas en animada charla. La llegada
de Macu origina un momento de exaltación y algarabía. Todas manifiestan la
extraordinaria impresión que le ha causado el atractivo atuendo con la que se
ha engalanado.
Llega el vehículo del párroco. Expectantes, el grupo de
jovencitas dirigen sus miradas escrutadoras sobre los chicos que descienden de
él. Pasan una rápida revista y Macu expresa con un mohín de desilusión que los
mancebos llegados no satisfacen sus expectativas. Otras sin embargo,
consideran, que sin ser nada especiales, los forasteros reúnen el atractivo de
lo desconocido. Y puestos a comparar con los pares del pueblo, tienen el
beneficio de lo que resulta apetecible por extraño o inusual. Además se nota en
sus movimientos y poses que van para artistas. Y es que en lo tocante a la
libido, lo desconocido remarca más que cualquier otro objeto del deseo, si éste
es familiar, demasiado vecino o se confronta habitualmente en los trajines de
lo cotidiano.
A los que bajamos del bólido del cura, el encuentro nos
produce una gran satisfacción. Nos sentimos adulados por aquellas miradas
indagadoras que provienen de las chicas. Admiramos con deleite el florido
colorido de las zagalas iluminadas con atractivas vestimentas. Algunos,
enamoradizos de primer vuelo, quedamos seducidos por el cuerpo esplendoroso o
una mirada furtiva que nos hace vibrar como una sacudida gozosa.
Significó el principio de tantos y tantos encuentros y
desencuentros... Fue el primer hito de una historia que se prolongaría durante
años y años. Años de ilusiones, momentos irrepetibles que forjaron amistades,
amores, idilios, sinsabores... El azúcar y la sal, el sabor agridulce, la
frescura del deleite y el amargor de tragos no deseados. Entrañó la
cristalización, localizada en un espacio y un tiempo, de los vaivenes,
sentimientos turbulentos y antagónicos de una adolescencia y juventud que se
disparaba anhelante e inconformista. Tromba de energía que se dieron cita en
torno a un proyecto, un grupo musical que atrajo en su entorno a una variada
gama de jóvenes que se adherían al espectáculo y que se vinculaban con lazos de
amistad y afectos entrañables.
martes, 7 de marzo de 2017
Efluvios de membrillo
Me estrenaba esos días como responsable de economía del Club
de Excursionista Calatrava (CEC) y en este sábado primaveral, parece ser, que
dediqué gran parte de la mañana a realizar cuentas. No creo que fuera
especialmente complicado, pocos eran los ahorros que había que gestionar. Pero
el asunto de presupuestos y la decoración del local que nos habían puesto a
disposición para uso del grupo, me ocupó la mañana por completo.
Fue un día también dedicado a asuntos familiares. Visitas a
un hermano (José Luis) que estudiaba Formación Profesional en el “Rodríguez
Fabrés”, a un tío enfermo (mi tío Tomás) que trataba de superar una nefasta
enfermedad en el Ambulatorio; y también, a realizar la tarea de envío al pueblo
de la “muda”. No era ésta una mujer impedida de la facultad del habla.
Se trataba de la ropa sucia que semanalmente enviábamos a la casa de nuestra
familia. Nuestras madres realizaban la colada correspondiente y el lunes o
martes nos devolvían el envío con la ropa limpia. Entre la ropa solía llegar
alguna carta, notas en las que proliferaban manifestaciones de ternura, signos
de apego, a veces dinero; y algunas pitanzas de pueblo, que nos servían de
complemento a la alimentación y fortalecían vínculos de añoranza, conectados al
hogar del que estábamos puntualmente lejanos.
La “muda” hacía el camino de ida y vuelta en una bolsa de
tela, tipo petate, que llevaba inscrito nuestro nombre y la dirección de la
villa de procedencia. El intercambio se realizaba, al menos en mi caso, a
través de la “Serrana” o “coche de línea” que efectuaba el trayecto diario
entre el pueblo y la ciudad, y viceversa. Me encargaba yo de llevarla los
sábados a la estación de autobuses, pero no recuerdo con exactitud quien se
encargaba de transportarla desde la estación hasta nuestro internado.
Probablemente fuera el portero de nuestra institución, el señor Juan, personaje
infatigable sobre el que recaían diversas funciones. A principios de semana nos
dirigíamos a la portería y en un local contiguo colgaban, como jamones suspendidos
en sendos garfios, las bolsa de las “mudas”. Las recogíamos y nos apresurábamos
hacia nuestra habitación con la excitación propia de quien espera encontrar
entre las pulcras ropas las muestras de algún tesoro. Uno de mis tesoros
favoritos estaba relacionado con la fruta. Era el membrillo. Me enviaban
membrillos en la época en que la fruta estaba en pleno esplendor, con
frecuencia hacia la festividad de los Santos. La bolsa arrojaba un
extraordinario aroma. Distribuía los membrillos por toda la habitación, entre
los entresijos de la ropa, y el efluvio permanecía durante tiempo prolongado
como signo de presencia de la familia ausente.
martes, 28 de febrero de 2017
Artimañas benevolentes
En el noble ejercicio de eludir las situaciones conflictivas o evitar episodios que
provocan temor, valen todas las artimañas. En el día de marras tenía que
enfrentarme a posibles problemas que derivaban del hecho de no haber dado ni
golpe en el estudio. Ante la previsible circunstancia de enfrentarme al
profesorado sin ningún escudo protector que me hiciera salir airoso ante sus
envites, decidí quedarme todo el día en cama. Esgrimí en mi defensa estar
sufriendo graves molestias y dolores de anginas. En realidad no era más que la huida
del cobarde. Me sirvió, sin embargo, para quitarme de encima la predecible
vergüenza del derrotado y tomar impulso para afrontar futuras refriegas.
En el internado, quedarse en la cama enfermo, salvo el
citado aspecto de eludir problemas mayores, no era ningún plato de gusto.
Suponía sufrir el paso de las interminables horas, viviendo enclaustrado en una
penosa soledad. El sopor del aislamiento te predisponía a una irritable
sensación de amargor existencial, como si vivieras flotando en un limbo a
caballo entre la vida y la falta de coexistencia. Periodos interminables de silencio absoluto, inserto en
aquella mayúscula masa que cual castillo encantado representaba Calatrava,
derivaban en una alucinación imprecisa en la que ensoñabas que todos tus
congéneres habían sido tragados por las fauces del castillo. Este silencio
opaco era interrumpido por alguna breve pausa, los cambios de clases, en las
que un lejano murmullo te desperezaba, como si de repente hubiera surgido un
látigo de vida en el desierto inhóspito de la atmósfera flotante que se cernía
sobre tu cabeza. Posteriormente adormilado y semiinconsciente, volvías a
zambullirte en el tedio perpetuo del paso de las horas. Sólo con el final de las clases, lograbas desembarazarte de
esa sensación de estar sumergido en un misterioso clímax de evasión incorpórea.
Comenzaban a llegar la visita de compañeros que te proporcionaban información,
anécdotas y las peripecias relacionadas con el transcurrir de las clases
durante la mañana. Resurgía la vida. Los pasillos, arterias del inmueble, se
repoblaban de alumnos y experimentabas que esa sangre de la vida, transitaba nuevamente
imparable, con la fuerza de un ciclón.
jueves, 23 de febrero de 2017
Qué quedará de nosotros para la posteridad
“He terminado la 3ª evaluación (...), el viernes examen de literatura (...), hoy hemos tenido los de Religión y Matemáticas (...), en Francés me han dado un suficiente (...), he escrito un carta a mi tío...” Referencias cargadas de insignificancia que pueblan mi Diario de aspectos intrascendentes. Releer estas notas tras el paso de tantos años, te produce un efecto de sentimientos ambivalentes. ¿Mereció la pena dejar escritas esas notas con el afán de que pasaran a la posteridad?. Una mirada superficial te hace pensar que lo reflejado no pocos días, en las hojas de esa libreta de rojo descolorido y ajada por el tiempo, apenas si merecieron ser escritas. En realidad poco aportan como información de aquellos momentos en los que estaba viviendo mi adolescencia.
Sin embargo, la importancia reside en que me transportan
a esos momentos y revivo los sentimientos y vivencias como si los contemplara
de cerca, pero con la añadida comprensión que me da la perspectiva del tiempo
vivido. Me veo en la soledad de mi habitación, penetrando el silencio
imperturbable de la noche, zambullido en un sinfín de vivencias de euforias o
desánimos, perturbado por el cúmulo de exámenes que se cernían sobre nuestras
cabezas como espinas punzantes que te estimulaban a la responsabilidad del
estudio, por encima de que lo que te pedía el cuerpo fuera el ocio, el desahogo
y la vida alegre. Y otras veces, henchido de satisfacción y regocijo porque la
vida que se te brindaba estaba cargada de fuerza, entusiasmo, de posibilidades
indefinidas, de felicidad plenificante.
Me vislumbro escribiendo esas notas de forma apurada, al
final del día, con el sopor que ya te va produciendo el sueño y con la firme
resolución, de que no pase ni un día, o como mucho dos, sin que la tinta de mi
bolígrafo deje algún reguero de mi vida cotidiana plasmada en esas hojas, que
hoy contemplo descoloridas.
Hoy se me revelan esos regueros de mi pasado, como la
fuerza de lo insignificantes.
miércoles, 22 de febrero de 2017
EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

Conocido es, que una de las principales dificultades con las que se encuentra un adolescente, tiene que ver con las capacidades de organizarse, proponerse itinerarios, planificar metas a medio y largo plazo, etc. Al adolescente le mueve el “ya”, “el ahora quiero”, el “me apetece en este momento”. Desde su cabeza y raciocinio no es capaz de darse cuenta de que hay metas que se consiguen con la constancia, el sacrificio, el saber dar tiempo al tiempo, y sobre todo el saber distribuir ese tiempo, dedicando el esfuerzo necesario a cada empresa, en virtud de su respectiva importancia. Pero una cosa es el pensamiento y otra los hechos. Y al final por mucho que aparezcan los buenos deseos prima la tendencia de “lo que me pide el cuerpo”. Y el cuerpo, ya lo sabemos, se deja llevar por las sensaciones placenteras, la ley del mínimo esfuerzo o los reclamos inmediatos Harto de dejarme llevar por esos reclamos, un 6 de marzo de tiempo pasado, luchaba contra el devenir de mis apetencias adolescentes, tratando de poner orden en mi vida. Resolvía planificar mi tiempo de tal modo, que el resultado de mi esfuerzo a medio y largo plazo, no pudiera ser otro que el conseguir las metas de éxito exigidas por el estudio. Que ese era el primordial deber que me mantenía en aquella ilustre institución de internado. Y así me dispuse a distribuir tiempo adecuado a cada materia de las que tenía entre manos, previo el cálculo prorrateado de su dificultad, dividido entre el potencial que yo supuestamente poseía para cada ciencia respectiva...; en fin..., cálculos matemáticos que me hicieran llegar a la ecuación perfecta para conseguir el máximo nivel de rendimiento. Y así de esta guisa, derroché todo el día aprovechable, en una planificación imposible. De entrada, supuso, que en la práctica no hiciera nada. Aunque mucho me divirtió. Que en materia de divertimento nunca hay malos momentos. Pero también me ha quedado una sensación de fracaso y ahora me encuentro en busca del tiempo perdido
martes, 21 de febrero de 2017
Fragmento de mi novela "En el filo de la guadaña"
Octubre daba sus últimos latidos. El invierno se acercaba
como opaca sombra, con su crudo látigo. Obscurecido el sol, las campanas
llamaban fúnebres a la Novena de Animas. Los hombres formaban corros en el
atrio de la Iglesia esperando la última llamada, charlando de las incidencias
de la sementera, y las mujeres cruzaban diligentes el pórtico de la Casa del
Señor. Con la entrada de los hombres, el señor cura daba comienzo a sus rezos
deshojando las cuentas del rosario. Seguía la letanía, la novena y predicación.
Desde el púlpito esforzaba su voz cansina poniendo acento a sus palabras y
gestos de garabatos trazados en el aire con sus manos temblorosas. El pueblo
escuchaba con terror y misterio la disertación del sacerdote que ponía de
manifiesto los tormentos que algunas almas pasaban en el Purgatorio. Los
hombres, con sus chaquetas raídas y boina entre las manos, ocupaban los
asientos traseros e imaginaban un gran salón negro iluminado por llamas que no
destruyen, pero que abrasan a sus víctimas
lo que hay que imaginarse—. Algunas mujeres no seguían el sermón, que es el
mismo de otros años, y mueven los labios siseando jaculatorias. Los chavales,
distraídos, esperaban anhelantes que el viejo sacristán rompiera entre lamentos
con el “Rompe, rompe mis cadenas”, canción fúnebre que marcaría el fin de la
consuetudinaria ceremonia
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