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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Aquellas navidades del 73

Con ese espíritu dulzón que se me albergaba muy dentro del pecho en los albores de las navidades, me encaminaba, al final de la mañana del 20 de diciembre de 1973, hacia la portería del internado para solucionar no sé qué asunto que tenía pendiente. Ese mismo día nos daban las vacaciones de Navidad. El comedor ya se estaba engalanando con serpentinas y ornamentos para la ocasión, y los villancicos sonaban a todo trapo imantando el contexto de fantasía y ensueño. En unos minutos celebraríamos la comida especial con que cada año nos sorprendían en las horas previas a nuestra marcha. Y me topé de frente con un amigo que con la cara un tanto desencajada, arrojando una inquietud manifiesta, me espetó alarmado: “Han matado a Carrero Blanco”. Llegaba de su domicilio (él era externo), ubicado dentro de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Salamanca, portando noticias frescas sobre los movimientos castrenses y de las fuerzas del orden público. “Han ordenado el acuartelamiento de todas las unidades. Se va armar una buena”, me dijo. Quedé sumido en una profunda inquietud. De un golpe interioricé una gama diversa de posibles desgracias que podían venir unidas, como consecuencia de este inesperado atentado de la calle Claudio Coello de Madrid. La placidez externa con la que vivíamos podía volar por los aires de modo similar al del vehículo del Almirante. Placidez externa. Porque a pesar de las situaciones que nuestro País estaba pasando desde hacía tantos lustros, sometidos al gobierno arbitrario del Dictador, nosotros vivíamos una vida feliz y libre, dentro de los muros de Calatrava. Teníamos conciencia del contexto en que vivíamos, sí. O al menos, nuestros educadores trataron de transmitirnos la información oportuna, para que analizáramos la realidad de modo crítico y pudiéramos liberarnos de la propaganda del régimen. Éramos conscientes de las injusticias y ataque a los derechos humanos que se cometían bajo la batuta del poder del gobierno. Pero este conocimiento no dejaba de venir ligado a cuestiones especulativas o de conocimientos teóricos. En lo práctico, gozábamos del feliz limbo de la inconsciencia. De modo que el asesinato del Presidente del gobierno suponía una cuña incrustada en la base de flotación de nuestro mundo feliz. ¿Sería posible que esta adherencia violenta aniquilara la placidez de las aguas de aquel estanque? El espíritu dulzón se me agrió, la fiesta se me hizo tormentosa y la marcha hacia mi pueblo, en el coche de “línea” que me transportaba, resultó el trayecto hacia las tinieblas del futuro. Un futuro que, afortunadamente, años más tarde, terminaría siendo iluminado por la luz de la esperanza.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Tronco Seco

Fin de semana del 16 y 17 de febrero de 1974. La música lo abarca casi todo. Alguna hora dedicada al estudio (estamos en plena evaluación) y el ejercicio de “balonero” el sábado por la mañana, y todo lo demás, pruebas y ensayos del grupo Tronco Seco. Nos presentamos ante el Director de la “Semana de intérpretes universitarios”, D. Dámaso García, para que nos realizara la prueba pertinente. Y fuimos seleccionados para participar en el evento. La “Semana de intérpretes universitarios” constituía un acontecimiento musical de primer orden en el mundillo de la interpretación en Salamanca. Se daban cita las principales promesas de la canción y de la interpretación instrumental de la ciudad. La mayoría ligados al ámbito universitario. El escenario en el que se celebraba tan sonado acontecimiento era el “Aula Juan de la Encina”, excelente teatro donde tenían lugar innumerables manifestaciones artísticas, generalmente de contenido alternativo, conciertos de gran calidad y propuestas artísticas de rigorismo ilustrado. Solían asistir a estas actividades la flor y nata del intelectualismo salmantino. Tuvimos el primer ensayo en el Aula Juan del Encina, este domingo 17 de febrero del 74, tras estar presente en otras pruebas de agrupaciones y solistas que iban a actuar en la Semana. Los grupos “Lejanía” y “Hélade” fueron algunos de ellos. En nuestro ensayo estuvo presente el grupo “Tláloc”. “A las cinco hemos estado ensayando en el Aula de Juan del Encina. Fue Tlaloc. Han sido críticos con algunos defectillos”. Escribo en el diario. Este Tláloc era un grupo que yo admiraba por esa época. Realizaban un tipo de música de gran virtuosismo, en lo que al formato de las piezas musicales se refiere. Y por otra parte, sus letras llevaban una carga de crítica social y denuncia, indirecta o directa, al régimen que dominaba nuestras vidas en aquel instante. Por lo general, musicaba poemas de poetas comprometidos como Nazim Hitmet o poetas españoles de la posguerra (José Hierro, Ángel González, José Agustín Goytisolo...), muchos de ellos en el exilio. Poco sospechaba en aquel momento, que en este grupo, terminaría recabando yo, no mucho tiempo después.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Cuestión de pelotas

Mi vida ha estado siempre profundamente ligada a las pelotas. Es probable que desde los primeros soplos vitales me sobreviniera un aprecio singular por tener en mis manos ese juguete esférico, que golpeado contra una pared de modo repetitivo, y devuelto con un toque seco impulsado por la palma de la mano, hacía las delicias del entretenimiento de mi niñez. La cuna en la que se abrieron mis ojos y sintieron las primeras sensaciones acústicas mis oídos, estuvo instalada muy cerca del frontón del pueblo. Supongo que a ella me llegó, aunque de modo inconsciente, el impacto favorable de las contiendas deportivas que se dirimían entre los mozos del pueblo. La pelota al chocar fuertemente contra el frontón era repelida de modo tan exageradamente enérgico, que no pocas veces llegaba rebotada a lamer el alfeizar de mi ventana, tras la que exploraba mi entorno, con movimientos juguetones de mis miembros inferiores y superiores. Así debí ser imbuido por una atractiva fuerza a la que estuve prendido durante varios años. También, según me dicen, tendría sobre mí su impronta la herencia genética recibida de mi abuelo paterno. Cuentan que era uno de los mejores pelotaris de la comarca. A mí a penas me alcanza sobre él algún recuerdo vinculado a dicha práctica. Una ligerísima visión retrospectiva me acerca su imagen de pequeña estatura, cuerpo menudo, ceño fruncido medio disimulada por la boina y talante nervioso y vivaz, enviando la pelota con la precisión de un cirujano a los huecos donde no podían llegar sus oponentes. Tal vez mi imaginación esté cubriendo el lapsus que no ha rellenado el recuerdo. Más tarde, en los albores de la adolescencia, fui cautivado por la práctica del balón pie. Práctica que me acompañó ya de modo inexorable durante los años más significativos en el ejercicio del deporte. Y no sólo en ese tiempo. Todavía, hace unos pocos años, estuve ligado al mundillo futbolístico acompañando a mi hijo en todos los partidos que disputaba los fines de semana y, a veces, hasta en algunos entrenamientos. Y así se me ha ido gran parte de mi tiempo, viviendo la excitación que me transmite una pelota, que como loca salta, se desliza, choca y en raras ocasiones queda encajada bajo el arco y el fondo de red de una portería. Seguro, que es tiempo precioso un tanto perdido. Como perdida parecía la mañana de un sábado, 15 de febrero de 1973, en el que reflejaba en mi diario cierto reproche por estar ocupado en funciones balompédicas: “Por la mañana todo el día haciendo las tareas de delegado de fútbol”. En ese tiempo yo era el “balonero”, encargado de proporcionar los balones necesarios para las diferentes prácticas deportivas del colegio, mantener a punto los diferentes materiales y dejar todo ello recogido y en perfecto estado de conservación. Tiempos perdidos. Pero qué puedo hacer, si llevo el estigma de las pelotas grabado en el pecho desde cuando, sin tan siquiera balbucear palabra, recibía las primeras sensaciones vitales en una cuna ubicada frente al frontón de mi pueblo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Embargo de intérprete

Se me ha reconocido con frecuencia mis dotes interpretativas. Y en realidad me encuentro muy cómodo cuando tengo que hacer simulaciones o desempeñar algún papel en el que tenga que mostrar mis capacidades de escenificación. En realidad una de mis vocaciones frustradas ha sido el teatro. En las veladas y festivales que se organizaban en nuestro internado, me prestaba gustoso para realizar alguna obrilla o representar algún papel, viniera o no viniera mucho a cuento. Pero bien sea por el espacio que ocupó mi incursión en el mundo de la música, o debido a que no encontré el contexto de acompañamiento adecuado para desarrollar este interés, el teatro quedó relegado a esa gris antesala de las acciones que se proyectan para tiempos mejores, esos que nunca llegan.
Esa antesala ha quedado materializada en unas cuantas fotografías en blanco y negro, documentación gráfica de una obra de Alejandro Casona, que permanecen en una carpeta deslustrada, como testigo de una muestra de mi vida, en la que yo representaba el papel del diablo. Un esbozo que diseñaba algunos rasgos como promesa de un futuro que definitivamente quedaría abandonado. Abandono, como “La Barca sin pescador” que, quién lo diría, vendría a ser la metáfora de mi vida respecto a este objeto de mi deseo, barca del teatro dejada a la deriva por los mares de mi desidia. Sí es verdad que el Arte Dramático ocupó mi mente, como posible alternativa de estudio universitario, en las postrimerías del bachiller. Pero al deshojar la margarita, profusa de hojas-opciones, fue una de las descartadas en primera instancia. El hecho de tener que desplazarme a Madrid para realizar tan ilustres estudios no estaba al alcance de mis exiguos recursos. Y además, se había forjado en mi interior, un impulso incontenible por formarme en alguna disciplina, que me habilitara profesionalmente para realizar servicios orientados a aliviar penalidades, a fomentar la educación, promocionar las personas empobrecidas, etc. Percibía en aquel momento que ya existía en la realidad demasiado drama. Ese drama, de algún modo también, me hacía desistir de convertir mi vida en interpretación, cuando se me necesitaba para empresas, iluso de mí, más sublimes, para cambiar el mundo. Y así terminé dedicándome a la educación, con la difusa ilusión de posibilitar el desarrollo personal y comunitario. El gusanillo que aún descansa en la antesala de los objetivos no cumplidos, se ha despertado hoy, al leer los comentarios escritos en mi diario del 27 de noviembre de 1973. En ellos se alude al primer ensayo de la obra citada, dirigida por D. Marciano y en la que los protagonistas eran alumnos de COU, tres ó cuatro chicas venidas del exterior, y yo mismo, como único representante de 6º. Para el papel de diablo. No debieron encontrar candidatos en el curso de orientación universitaria. O percibieron en mí aptitudes solventes para la escenificación teatral. Aptitudes sobre las que, con el tiempo, cayó el embargo.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Personalidad








“Tener personalidad o no tener personalidad”. Para mí siempre fue una etiqueta con la que distinguía a las personas con quien me relacionaba. Ignoro la importancia que le dan los jóvenes actuales a este tipo de características y si lo tienen en cuenta a la hora de vincularse a sus iguales. Aunque, si he de ser justo, he escuchado comentarios a mis hijos en los que aprecio la valoración que ellos le otorgan a sus amistades, en función de rasgos constitutivos de la persona.

Sin embargo tengo la impresión de que en este momento se valora más las características superficiales y físicas. Los medios de comunicación social; la prensa rosa; la publicidad; las costumbres y modos de vida que sancionan la apariencia y el físico como rasgos fundamentales de aprecio social; los programas televisivos de dudosa calidad, y los de calidad (sin que quepa la mínima duda) paupérrima,; etc; proyectan unos modelos en los que abunda el raquitismo mental y el triunfo de lo cutre y rastrero.
Estoy seguro de que no todos estarán configurados por el mismo patrón, pero muchos de nuestros jóvenes, necesariamente, han de verse impregnados de estas corrientes fulleras y mediocres. Es difícil que tengan aspiraciones, que vayan mucho más allá, de conseguir una apariencia “chachi”, un físico con el que atraer a posibles refriegas epidérmicas. La evasión y búsquedas de placeres sucedáneos, es la alternativa que le queda a todos aquéllos que son conscientes de que no dan esa talla o que fracasan por tener un cuerpo que no se concilia con los cánones de las últimas tendencias.
Yo mismo me siento francamente infectado por estas directrices que me marcan desde vertientes externas. Me sorprendo en ocasiones valorando en función de trivialidades y apariencias cosméticas. Y lo tremendo es que se me va insertando este virus, de un modo semiinconsciente, en las profundidades del alma. Tanto, que recibo como un soplo de aire fresco, que me despierta de mi letargo, ese recuerdo del diario de mi etapa juvenil, que hace alusión a la importancia de tener personalidad.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Tierras de Castilla




El 14 de Noviembre de 1973 me consumía en el intento de realizar un trabajo de filosofía sobre el tema de la muerte. Estaba tremendamente confuso sobre el enfoque que podía darle. Era un tema que me superaba. No sé si al final logré plasmar algún pensamiento coherente o reflexiones hiladas que no desmerecieran de ese objeto de especulación.
Años más tarde reflexionaba sobre este asunto vinculando muerte y campos castellanos:
“Camino lentamente por senderos castellanos, entre encinas, yerbas secas arrasadas por el sol, cardos amarillentos y algún matojo desperdigado. Siento la grandeza de saborear palmo a palmo la raquítica flora de estas inmensas explanadas que no se pierden, sino que se prolongan y prolongan y prolongan... Estas extensiones me hablan del eterno deseo humano de infinitud, de su anhelo por expansión sin límites, de superación de cuanto pueda limitarle, de superar al propio obstáculo de la muerte.
El hombre y los campos castellanos llevan en su código interno la vocación de la trascendencia; sus contornos no quedan dibujados, no podemos captar sus límites. Todo se zambulle en el misterio, donde parece intuirse sus identidades definitivas.
Me paro para recoger una piedra que rompe ligeramente la monotonía de diseño de las demás. La observo detenidamente y recuerdo alguno de los conocimientos de geología que aún no he perdido con el paso del tiempo. Tiene estructura cristalina y sus capas están diseñadas como si se tratase de una obra de arte. Me sobrecoge la belleza de esta pequeña piedrecilla. Sin querer me transporta hacia la realidad de un espíritu de misterio que mueve toda esta trama que fundamenta el mundo y la vida.
 El contemplar los parajes agrestes de los campos castellanos, aplanados por el sol de verano, me sugieren la idea de la muerte. Reconozco que me resisto a percibir algún atisbo o aspecto positivo sobre esta finitud de la vida, como también es difícil imaginarse estos campos estériles como portadores de fecundidad. La muerte no podemos concebirla sólo como el fin de nuestra vida. Hay que unirla a la idea de privación, de falta, de ruptura con algo o alguien. Estos campos me hablan de la muerte a la que son sometidas las poblaciones de estas tierras desde tiempos lejanos. De la esclavitud  de la tierra en la que se encuentran sumidos, por el déficit de bienes, esos que les han sido arrebatados. La muerte va ligada a la idea de condiciones míseras de subsistencia, de cercenar las aspiraciones de libertad y liberación que apenas conocen. Pero también a la de fecundidad, esperanza en los campos, en los hijos, en la naturaleza, dadora de las condiciones de crecimiento de las mieses. Muerte y vida; desierto y fecundidad; límite y resurrección. 

martes, 5 de diciembre de 2017

Trajín musical




Mi pulso tembloroso se revela impreciso e inseguro. Acometo la tarea que en su día se convertirá en hábito matutino. La hojilla de afeitar me castiga por mi penoso dominio en las habilidades de rasurar mi incipiente barba. Mi rostro queda surcado de significativos rasguños y cortaduras. No sé hasta qué punto es un problema de destrezas, o más bien, que me siento sometido a una presión interna que se manifiesta en torpeza. Porque el ahogo interior me produce falta de dominio del espacio y una coordinación sensomotriz deficiente.
Mi diario produce un grito desde la distancia temporal: “No sé qué me pasa. No sé porqué habré estado tan nervioso desde el principio del día.”
Es el grito de alguien que no es capaz de dominar el cúmulo de sentimientos y vivencias que le rodean.
El día, que se extiende entre participaciones del grupo de música en amenizar misas, hasta tres (vaya paliza), ensayos y una pequeña actuación para un colectivo de personas enfermas, se convierte en espacio de agresión sutil a mis compañeros. “Por la mañana hemos cantado tres misas. Para morirse. Por la tarde no sé qué me ha pasado, me he puesto un poco insoportable en el ensayo. Ha sido un desastre. He llegado a poner de mal humor a Paco.”

Menos mal que la situación se relaja al final de la tarde. El grupo y sus adláteres nos dimos cita en el bar Miguel, centro de nuestros encuentros ociosos y relacionales y, en amenizada tertulia intercalada de cantos y contactos exploratorios, dilatamos el tiempo recibiendo el bálsamo del regocijo compartido.

lunes, 4 de diciembre de 2017

En otro tiempo remoto



En medio de un profundo maremoto interior, se aproximaba el puente de los Santos y por consiguiente debía irme al pueblo. La contrariedad se refleja en las notas escritas dejadas en el diario que exhalan incomodo y ansiedad. Mis escarceos amorosos hacia una de las chicas que me cautivaban vivían un momento delicado. Los días pasados nuestra relación había fluctuado entre episodios de ambivalencia. Una comunicación profunda y sincera con ella, que transparentó estrechos vínculos y vibraciones especiales, había dado paso, en otro momento, a cierta fricción incorpórea revelada en signos de frialdad y lejanía. Del gozo al pozo en apenas un fin de semana.
Necesitaba imperiosamente volver a quedar con ella. Ocupar esos valiosísimos días que nos regalaba el puente para invertir la tendencia. Borrar el malestar del último lance y recuperar el río fluido de la aproximación íntima, sin mediaciones aciagas ni escollos de mal agüero. Pero el puente se iba a desvanecer. Quedaría congelado en el tiempo. Y ella permanecería ante mí, como la protagonista del cuento, atrapada en un sueño permanente, en espera de ser liberada por el príncipe intrépido a través del beso de amor.
Ese puente era otro mundo. Una falla entre dos temporalidades. Y yo, obligado a traspasar hacia el otro lado, al desplazarme para ir a mi pueblo, dejaba el lado del vivo para internarme en el reino del muerto.
En mi pueblo se desvanecieron los sueños de días pensados para la reconquista amorosa. Como un sonámbulo acompañé a mi tía en la recogida de crisantemos. Un huerto próximo a la casa familiar producía variedades de flores y frutos. A finales de octubre se poblaba de capullos, que convertidos en flores en noviembre, recogíamos para adornar las tumbas de los familiares fallecidos. Y ahí estaba yo, prisionero de las costumbres ancestrales, participando en la liturgia de respeto y pleitesía a aquellos que un día nos dejaron para siempre. Pero en realidad era yo otro muerto. Incapaz de saborear el espléndido sol de la mañana, que bañaba los parajes como en una primavera confundida e improvisada, transitaba hundido en profunda tristeza. Habitante de otro planeta, ovni en un mundo extraño al que en ese momento repudiaba y no quería pertenecer.

viernes, 7 de abril de 2017

Encuentros furtivos

La coeducación en los colegios es algo tan natural y sensato en la actualidad, que me resulta chocante, el imperio del criterio opuesto, en aquellos años del pasado. La separación educativa por sexos, provocaba un peculiar trato entre chicos y chicas. Estábamos acostumbrados a que la cotidianidad marcara una relación exclusiva homófona, chico-chico o chica-chica. Esta circunstancia propiciaba un deseo enfermizo de encuentro con el sexo opuesto, en ese espacio extraordinario que suponía los fines de semana. Íbamos como locos en busca de esas relaciones complementarias. Y las absorbíamos, en aquel intervalo de nuestra vida que conformaban el sábado y domingo, como si fueran las últimas relaciones heterosexuales de las que íbamos a gozar en toda nuestra vida.
En algunas ocasiones, en nuestro internado, se rompía la tendencia y lográbamos algún furtivo encuentro con alguna jovencita durante los días ordinarios de la semana. Solían ser ayudantes del servicio del colegio, que colaboraban en tareas de limpieza y del comedor. Establecer algún tipo de contacto, de mirada cruzada, roce intencionado en el cruce discreto de un pasillo, o simplemente observar las piernas generosamente mostradas en un descuido, constituían todo un plus regocijante para nuestras vidas sometidas al desierto cotidiano.
En circunstancias excepcionales nos trasladábamos al Aspirantado Maestro Ávila, colegio con el que teníamos relaciones especiales de fraternidad (Algunos de nuestros superiores de entonces, y la totalidad de tiempos anteriores, habían sido formados en la orden de dicho centro). Solíamos compartir con los alumnos de allí el visionado de películas de cine. A ese cine también asistían algunas chiquitas del servicio de aquel centro; y yo quedé prendado o prendido de una de ellas. El domingo que nos ocupa tuve un encuentro regocijante con ella, de cuyo nombre, como en El quijote, no logro recordar, pero que mi diario se refleja como la chica del “Aspi”

Cada noche de domingo vivíamos sometidos al resultado de nuestros escarceos de fin de semana. Una moral que dependía directamente de nuestros éxitos o fracasos en aquellos envites, imprimía en nosotros el sello con el que afrontábamos la difícil andanada del comienzo de semana. El 10 de Junio, por la noche, pasaba por momento desordenados de euforia y decaimiento. No lograba mantener un equilibrio equidistante entre los dos polos. Ora me sentía amilanado por la proximidad del lunes y la negrura que proyectaba sobre mi espíritu, ora me deleitaba en el recuerdo de la chica del Aspi y una tal Maite que también se había cruzado en mi camino provocando el deleite de un nuevo encuentro.

miércoles, 5 de abril de 2017

Espacio con turbulencias



Se produce un salto considerable en el diario de mi etapa juvenil. La marcha al pueblo y permanencia en él durante un puente, me hizo perder el ritmo diario de anotar cada noche algunas líneas en sus hojas ávidas de ser rellenadas. No había en el hogar familiar excesivas condiciones para aislarte y, en clima de serenidad, reflejar en un papel pensamientos, sentimientos o ideas que crecían abundantes en mi cerebro.
La profusa prole que poblaba nuestra vivienda aseguraba bullicio, peleas, gritos permanentes, confusión, riñas...; todo lo que uno pueda imaginarse como contrapuesto a la serenidad y al clima reflexivo. Como consecuencia, cuando pisaba el umbral de mi casa, sentía que penetraba en una dimensión diferente. Era adentrarme en un planeta, que aun resultándome demasiado familiar - en esos retornos periódicos- comenzaba sacudiéndome como un latigazo repentino de novedoso asombro, para tragarme al instante en su vientre de rutinarias turbulencias.
Sentía un abismo irreconciliable entre los dos mundos que me cobijaban en esa época. El estudiantil, que me impulsaba aspirando a metas de ensueño y deleite, al abrigo del internado de Calatrava; y el del retorno a mis fuentes, al plancton de mis ancestros; espacio en el que me zambullía como la vuelta inexorable a mis orígenes y en el que vivía la ambivalencia de quien siente el peso de rémoras no queridas, pero que absorbe en ellas, una profunda fuerza de superación y de lucha.

El paso de uno a otro mundo suponía un parto difícil de sobrellevar. Y tenían que pasar cierto tiempo para amoldarme y sentirme pletórico de fuerzas recobrando el pulso de mi existencia al nuevo medio. Por la brevedad de permanencia en el pueblo, me resultaba difícil adaptarme a ese contexto en mis puntuales regresos. Y vagaba como alma en pena, respondiendo a los recados y encomiendas que mis padres me demandaban, sin dejar especiales huellas ni registros sublimes, en cuadernos y descosidos de mi existencia.

martes, 4 de abril de 2017

De los profesores que dejaron huella





D.E.P., querido Victoriano García Pilo.

El profesor de filosofía llevaba la “voz cantante”. Era a la vez docente de la materia especulativa y profesor de música. Creo recordar que también en alguna ocasión impartió clases de religión en sustitución del profesor titular. Pero quedará vinculado a los recuerdos de los antiguos alumnos como el profesor de música.

Mis primeros recuerdos sobre él me trasladan a una clase impartida, si no recuerdo mal, en el laboratorio de Ciencias, que en alguna ocasión se utilizaba para esta materia, por tener en él albergado un piano. Trataba el profesor de organizar el grupo en función de las dotes musicales de cada uno. A nivel individual íbamos saliendo, uno a uno a la palestra, para repetir la escala musical y así poder determinarse el soporte de nuestras diversas tonalidades. Él trataba de marcar la pauta trazando a cada alumno las referencias gestuales y acústicas que le facilitaran la reproducción del producto deseado. Sus exageradas muecas provocaban en un principio irritación o mofa. Parecía agredirte con los movimientos de su rostro. Arqueaba las cejas, fijaba la mirada abriendo espectacularmente sus enormes ojos que parecía iban a salírsele de los cuencos; esbozaba una expresión dura acentuándola con esforzados rictus de cartón piedra. Abría tan espectacularmente la boca que parecía te iba a engullir en el siguiente movimiento.

En tiempos posteriores he proyectado sobre él la imagen de la boa que se traga al elefante en El Principito de Saint de Exupéry

Y en las ferias de la ciudad donde hoy vivo, el espectáculo infantil de “La Tía Melitona”, zampando en un simulado juego a los niños que se atreven a meterse en su boca, me renuevan cada año el recuerdo de este inolvidable y querido profesor de mi adolescencia.



A pesar de sus gestos era todo bondad. Nos trataba con el esmero que necesitaban adolescentes sometidos a los cambios, en una edad henchida de dificultades, periodo trascendental para ir apuntalando los hitos y lanzarse a vivir una vida madura. Su asignatura de filosofía, que el diario de este 13 de noviembre me trae a la memoria, era un compendio de reflexiones para la vida. Esgrimía análisis y críticas agudas sobre los modos de existir y comportarse. Y a muchos de nosotros (recuerdo la pasión con la que consumía sus clases mi querido compañero Santamaría), nos facilitó referencias, para atrevernos a pensar de modo original y personalista.

lunes, 3 de abril de 2017

El escaño de la cocina

Cualquier detalle de aquella #época remota me evoca sentimientos o recuerdos de profundo calado. La referencia en mi diario #juvenil, de un día de puente y la consiguiente visita #familiar al pueblo, me hacían situar ante ese otro entorno de mi vida, aquel que me suministraba sentimientos contradictorios de #amor y de #rechazo. Amor a mi familia, allegados, #amigos e incluso a todos los habitantes de ese contexto #rural, convecinos a los que profeso natural aprecio; pero rechazo a las condiciones duras de vida, esas condiciones que me habían empujado a buscar otro hábitat de supervivencia.Mis recuerdos se remontan a un tiempo para mí remotísimo en el que residíamos en el centro de la #villa, domicilio donde yo vine al mundo. Mi #padre, cansado del intenso trabajo que las faenas agrícolas y ganaderas le hacían soportar, yacía tumbado sobre un #banco de madera (“el escaño”), adormilado, en actitud de espera, anhelando que mi #madre volviera de casa de los #abuelos para servirle la #cena. Los acontecimientos y recuerdos de un pasado tan lejano se entremezclan en una nebulosa confusa y deshilachada que no me permite concretar una #evolución cronológica medianamente fiable. Pero me inclino a pensar que éste es el primer recuerdo que ha quedado prendido entre las #telarañas de mi memoria.Esa visión, #fotografía viviente que permanece aún en mi vida como un fresco de profundo arraigo en mis entrañas, se me ha antojado un flash premonitorio de a qué podía quedar reducida mi vida, si seguía los pasos de mi padre. Es probable que mi búsqueda de otros mundos diferentes al que había experimentado desde mi más tierna #infancia, tenga mucho que ver con el efecto angustioso que me produjo la contemplación de mi padre, agotado, rendido sobre un banco de madera, esperando la cena y sin otras expectativas que vivir sometido a las leyes inexorables de un trabajo agotador, que a duras penas producía un mísero fruto para ir sobreviviendo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Veladas de luz y entusiasmo

Este viernes, venía cargado de expectativas e intrigas. Al día siguiente, sábado, estaba programada una de las muchas veladas que se organizaron en Calatrava, en los años en los que yo estuve interno. Realmente disfrutábamos de estos eventos festivos que nos trasladaba a un espacio mágico, cargado de efectos luminosos y acústicos especiales, y aderezados con elocuente creatividad. Sobre todo, constituían un aliciente de extraordinario interés para aquellos que llevábamos en nuestras venas la llamada de artista o el hormigueo creativo de las musas. Algunos, entre los que me encontraba, aprovechábamos estas circunstancias, para escribir un sainete, algún teatrillos, un sket, o cierta historia con tintes de divertimento, que pudiera ser representada. También nos investíamos de insignes rapsodas para recitar sobre el escenario, acompañados de los arpegios de una guitarra o bajo la armonía de las notas de un piano, algún poema propio o de poetas más o menos conocidos, elegido para la ocasión. Han pasado muchos años y todavía resuenan en mis oídos algunos poemas que tuvieron sus momentos de gloria: "Tu conoces al Piyayo? Un hombrecillo reseco, chicuelo, La mirada de gallo pendenciero, Un hocico de raposo tiñoso, Que pide limosnas por tangos Y mastica cantando fandangos gangosos..." "A veinte leguas de Pinto, y treinta de Marmolejo existió un castillo viejo que construyó Chindasvinto..." (...) Estas veladas ofrecían también la oportunidad de exhibirnos cantando o bailando. Bien fuera haciendo gala de las habilidades personales, mostrando dotes de cantautor o intérprete; o en otras ocasiones, participando con otros en exhibiciones grupales. En mi caso, la mayoría de las veces, pretendía participar en todas las modalidades posibles. Por eso, en mi diario de este día, queda escrito este testimonio: “En líneas generales esta tarde ha sido de mucho trabajo. He ido de ensayo en ensayo para la velada de mañana. Tengo la garganta muy irritada. Supongo que mañana seguirá el jaleo.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Inicios de un grupo musical. Música, música... y melodía de sueños

Con qué facilidad cambia el sentido de las cosas cuando la ilusión pasajera se desvanece ante el choque con la realidad de los hechos. Correteo por los pasillo del internado, con la tensión propia de quién se va a encontrar, en horas próxima, con jovencitas que le provocan excitación desenfrenada. Experimento el paso de las horas, como el acercamiento de una tortuga que se me va aproximando en un letargo desesperante. En el comedor engullo, más que como, el alimento que las monjas han cocinado en sus gigantescas ollas. Mis manos tropiezan con la jarra de agua y derraman sobre la mesa su contenido. Hay reprimenda por parte del superior de turno que vigila el orden y la disciplina del ágape. Me precipito con el postre y a la primera insinuación de que podemos salir, abandono disimuladamente, pero casi a la carrera, el refectorio donde hemos compartido el momento de la comida.

Y es que durante toda la mañana de ese 12 de mayo estuve con mi mente ensimismada en el ensayo del grupo de música (Campo Charro, que después sería Tronco Seco) que íbamos a tener tras de la comida. Lo extraordinario de ese ensayo es que habían prometido su asistencia varias chicas, que comenzaban a vincularse a nuestra órbita. Sobre todo mis nervios eran producidos por la posibilidad de la presencia de Vicen, acaparadora de mis sueños por esas fechas, en las que me derretía por la presencia de sus modales afrancesados.

Pero todo resultó frustrante, pues al final, no vino nadie. Ni de la “Residencia”: Cruci, Pepi e Isabel; ni Juani ni Vicen”, escupe la hoja, frustrada también, de mi diario. 

jueves, 9 de marzo de 2017

Aprendiz de cabrero

Contaría con unos 8 ó 9 años cuando participé en una experiencia de cuidador de cabras. En concreto como ayudante del cabrero.
Tenía mi familia un par de cabras, y una cabritilla pequeña a la que familiarmente denominábamos “la chivita”. Durante el día, las cabras de mi pueblo eran cuidadas por el cabrero comunal, que recogía, todas las de la villa, de un corralillo, en el que cada vecino dejaba las suyas, en las primeras horas de la mañana.
A mis hermanos y a mí nos correspondió, durante gran parte de nuestra infancia, madrugar a aquellas horas, no precisamente recomendables para edades tan tiernas (necesitadas del descanso prolongado), para llevar nuestras cabras al corral comunitario.
Cuando nuestra “chivita” era pequeña, no participaba con las demás cabras en la salida hacia los pastizales, reservados a tal efecto por las autoridades del municipio. Permanecía en los anexos de la casa, correteando libre por el aprisco y esperando el regreso de la madre cabra. Pero llegado el momento de dar el salto al rebaño adulto, debía superar un intervalo de adaptación. Una situación similar al proceso de adaptación de nuestros hijos a la escuela, en el primer año de Primaria.
Durante ese periodo, que duraba en torno a quince días, tuve que acompañar al cabrero en la tarea de integración de la pequeña cabritilla. Y allí anduve, andarín por pastizales y trotacaminos por vericuetos desconocidos del pueblo. Permanecía alerta a las andanzas de nuestra “chivita”, haciendo cuanto fuera necesario para que no se extraviara, para que no abandonara el rebaño. Y si alguna vez, cualquier despiste, permitía que la pequeña cabra se rezagara de las demás o escapara en trote confuso en su pretensión de libertad, yo iba tras ella, la buscaba entre los matojos, zarzas y escobas, y la hacía retornar al centro del rebaño.

No son muchos los recuerdos que perviven en mi memoria de aquella aventura de aprendiz de cabrero. Aun así, se me representa, en una actualidad virtualizada, una escena del momento de la siesta. Dormíamos el cabrero y yo bajo el puente conocido en mi pueblo como “Puente de Siete Ojos”, tras de habernos liquidado una copiosa merienda. El cabrero, no sé si por el cansancio o por el vino, se zambullía en un sueño, tan profundo y duradero, que se me antojaba eterno. Yo despertaba y permanecía tumbado, en silencio, horas y horas, esperando que despertara. Como tardaba tanto en dar señales de vida, me apoderaba un temor impreciso, pero de profundo desasosiego, ante la posibilidad de que el cabrero hubiera muerto. Sólo los estertores de ronquidos y algún espasmo, me devolvían a la certeza de que todo seguía bajo la normalidad reinante, en la naturaleza sosegada de aquellos parajes.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Como zíngaros del espectáculo

Nos dirigimos hacia el pueblo de Aldeatejada, a unos 3 Km de Salamanca. Hemos quedado con el párroco de la localidad en una de las calles adyacentes al internado. Cargados con los instrumentos musicales que consideramos imprescindibles para amenizar una misa de pueblo, nos encaminamos al lugar de la cita con la caras soñolientas y los signos resacosos de quienes el sábado han trasnochado. Formamos una cuadrilla de titiriteros explorando las calles semidesiertas, con sus bártulos a la espalda, en una reluciente mañana de domingo. De cuando en cuando, nos detenemos para asegurar algún acorde de guitarra que en el ensayo del día anterior han quedado impreciso. Algunos componentes del grupo aprovechábamos estos incisos en el camino, para armonizar y aclarar nuestras voces con canciones de nuestro repertorio. Varios vecinos se asoman a la ventana convencidos de que se trata de una tropa de cíngaros que realizan la ancestral actuación callejera con la exhibición del equilibrismo de una cabra.
El cura nos espera con su funcional SEAT 850 en el que apuradamente introducimos los instrumentos y nos sentamos apretujados para realizar el corto viaje que nos traslada desde Salamanca hasta la entrada del templo de Aldeatejada.
En el pueblo, Macu se ajusta el corpiño con la agitación que le produce la novedad de ese día festivo. Se atavía con las galas propias de las festividades significativas, solemnidades que en los pueblos castellanos tienen destacado arraigo desde tiempos inmemoriales. Con movimientos sutiles y precisos se aplica un ligero maquillaje resaltando, con un retoque de rímel, sus ojos rasgados. Se calza sus zapatos de mediano tacón y se dirige decidida hacia la plazoleta donde se ubica la iglesia. Otras jovencitas esperan en el lugar señalado, formando un corro y regocijadas en animada charla. La llegada de Macu origina un momento de exaltación y algarabía. Todas manifiestan la extraordinaria impresión que le ha causado el atractivo atuendo con la que se ha engalanado.
Llega el vehículo del párroco. Expectantes, el grupo de jovencitas dirigen sus miradas escrutadoras sobre los chicos que descienden de él. Pasan una rápida revista y Macu expresa con un mohín de desilusión que los mancebos llegados no satisfacen sus expectativas. Otras sin embargo, consideran, que sin ser nada especiales, los forasteros reúnen el atractivo de lo desconocido. Y puestos a comparar con los pares del pueblo, tienen el beneficio de lo que resulta apetecible por extraño o inusual. Además se nota en sus movimientos y poses que van para artistas. Y es que en lo tocante a la libido, lo desconocido remarca más que cualquier otro objeto del deseo, si éste es familiar, demasiado vecino o se confronta habitualmente en los trajines de lo cotidiano.
A los que bajamos del bólido del cura, el encuentro nos produce una gran satisfacción. Nos sentimos adulados por aquellas miradas indagadoras que provienen de las chicas. Admiramos con deleite el florido colorido de las zagalas iluminadas con atractivas vestimentas. Algunos, enamoradizos de primer vuelo, quedamos seducidos por el cuerpo esplendoroso o una mirada furtiva que nos hace vibrar como una sacudida gozosa.

Significó el principio de tantos y tantos encuentros y desencuentros... Fue el primer hito de una historia que se prolongaría durante años y años. Años de ilusiones, momentos irrepetibles que forjaron amistades, amores, idilios, sinsabores... El azúcar y la sal, el sabor agridulce, la frescura del deleite y el amargor de tragos no deseados. Entrañó la cristalización, localizada en un espacio y un tiempo, de los vaivenes, sentimientos turbulentos y antagónicos de una adolescencia y juventud que se disparaba anhelante e inconformista. Tromba de energía que se dieron cita en torno a un proyecto, un grupo musical que atrajo en su entorno a una variada gama de jóvenes que se adherían al espectáculo y que se vinculaban con lazos de amistad y afectos entrañables.

martes, 7 de marzo de 2017

Efluvios de membrillo


Me estrenaba esos días como responsable de economía del Club de Excursionista Calatrava (CEC) y en este sábado primaveral, parece ser, que dediqué gran parte de la mañana a realizar cuentas. No creo que fuera especialmente complicado, pocos eran los ahorros que había que gestionar. Pero el asunto de presupuestos y la decoración del local que nos habían puesto a disposición para uso del grupo, me ocupó la mañana por completo.
Fue un día también dedicado a asuntos familiares. Visitas a un hermano (José Luis) que estudiaba Formación Profesional en el “Rodríguez Fabrés”, a un tío enfermo (mi tío Tomás) que trataba de superar una nefasta enfermedad en el Ambulatorio; y también, a realizar la tarea de envío al pueblo de la “muda”. No era ésta una mujer impedida de la facultad del habla. Se trataba de la ropa sucia que semanalmente enviábamos a la casa de nuestra familia. Nuestras madres realizaban la colada correspondiente y el lunes o martes nos devolvían el envío con la ropa limpia. Entre la ropa solía llegar alguna carta, notas en las que proliferaban manifestaciones de ternura, signos de apego, a veces dinero; y algunas pitanzas de pueblo, que nos servían de complemento a la alimentación y fortalecían vínculos de añoranza, conectados al hogar del que estábamos puntualmente lejanos.

La “muda” hacía el camino de ida y vuelta en una bolsa de tela, tipo petate, que llevaba inscrito nuestro nombre y la dirección de la villa de procedencia. El intercambio se realizaba, al menos en mi caso, a través de la “Serrana” o “coche de línea” que efectuaba el trayecto diario entre el pueblo y la ciudad, y viceversa. Me encargaba yo de llevarla los sábados a la estación de autobuses, pero no recuerdo con exactitud quien se encargaba de transportarla desde la estación hasta nuestro internado. Probablemente fuera el portero de nuestra institución, el señor Juan, personaje infatigable sobre el que recaían diversas funciones. A principios de semana nos dirigíamos a la portería y en un local contiguo colgaban, como jamones suspendidos en sendos garfios, las bolsa de las “mudas”. Las recogíamos y nos apresurábamos hacia nuestra habitación con la excitación propia de quien espera encontrar entre las pulcras ropas las muestras de algún tesoro. Uno de mis tesoros favoritos estaba relacionado con la fruta. Era el membrillo. Me enviaban membrillos en la época en que la fruta estaba en pleno esplendor, con frecuencia hacia la festividad de los Santos. La bolsa arrojaba un extraordinario aroma. Distribuía los membrillos por toda la habitación, entre los entresijos de la ropa, y el efluvio permanecía durante tiempo prolongado como signo de presencia de la familia ausente. 

martes, 21 de febrero de 2017

Fragmento de mi novela "En el filo de la guadaña"

Octubre daba sus últimos latidos. El invierno se acercaba como opaca sombra, con su crudo látigo. Obscurecido el sol, las campanas llamaban fúnebres a la Novena de Animas. Los hombres formaban corros en el atrio de la Iglesia esperando la última llamada, charlando de las incidencias de la sementera, y las mujeres cruzaban diligentes el pórtico de la Casa del Señor. Con la entrada de los hombres, el señor cura daba comienzo a sus rezos deshojando las cuentas del rosario. Seguía la letanía, la novena y predicación. Desde el púlpito esforzaba su voz cansina poniendo acento a sus palabras y gestos de garabatos trazados en el aire con sus manos temblorosas. El pueblo escuchaba con terror y misterio la disertación del sacerdote que ponía de manifiesto los tormentos que algunas almas pasaban en el Purgatorio. Los hombres, con sus chaquetas raídas y boina entre las manos, ocupaban los asientos traseros e imaginaban un gran salón negro iluminado por llamas que no destruyen, pero que abrasan a sus víctimas lo que hay que imaginarse—. Algunas mujeres no seguían el sermón, que es el mismo de otros años, y mueven los labios siseando jaculatorias. Los chavales, distraídos, esperaban anhelantes que el viejo sacristán rompiera entre lamentos con el “Rompe, rompe mis cadenas”, canción fúnebre que marcaría el fin de la consuetudinaria ceremonia

jueves, 16 de febrero de 2017

En el arrullo de la noche

Finalizada la jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el Finalizada la jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el día siguiente, que a todas luces prometía ser de complejos obstáculos escolares. Lo apropiado en esas circunstancias era desnudarse, ponerse el pijama, limpiarse los dientes e introducir el cuerpo bajo el reclamo de las sábanas. Pero el hecho de tener sentimientos de derrota, no iba anejo en mí, a hundirme en el catre sin encomendarme a Dios ni al diablo. Más bien, el desánimo experimentado, me proporcionaba una coartada  para solazarme en la contemplación arrebatadora de la noche. Y así, me acercaba a la ventana, exponía medio cuerpo fuera de ella, presentía el espacio despoblado del patio de nuestros juegos y aspiraba con deleite las sensaciones inagotables del enigmático anochecer.

Ese zambullirse durante horas, en la noche que quedaba fuera, entre el sortilegio de las luces de la ciudad, que tenía su cenit en el deslumbrante embrujo de la Catedral iluminada, suponía un bálsamo delicioso para mi espíritu lacerado.

Hubo otros tiempos, dos o tres años atrás, en los que la ventana que hoy me habría el horizonte de la noche, fue cauce de relación, juegos e intercambios verbales con los compañeros de curso. Nos permutábamos mensajes, nos “punzábamos” unos a otros, cantábamos canciones de actualidad, relatábamos chistes y organizábamos tertulias entre los compañeros que habitábamos en las habitaciones colindantes. Visto desde el patio aquello podría semejarse a un enjambre de cabezas parlantes que afloraban de repente en la oscuridad, en el momento de ser enviados, por el superior de turno, a sumirnos en el sueño y no precisamente en el de Morfeo. Cuando el murmullo alcanzaba cuotas de sensible elevación, era frecuente que fuéramos sorprendidos por alguno de los responsables y ganarnos una reprimenda o pasar a engrosar la fila de castigados.

Una de esas noches me encontraba en estado de especial excitación. Había convenido con uno de mis colegas en animar el corrillo desde mi habitación y éste estaba conmigo dentro. Me asomé a la ventana y comencé a llamar al personal, emulando la famosa serie televisiva que hacía furor por aquellos tiempo, “Viaje al fondo del mar”: ¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!., sintiéndome el marinero Kowalski de la serie.; y mi volumen de voz iba progresivamente en aumento. Paulatinamente las ventanas se iban repoblando de cabezas que me seguían la corriente configurando un happening bullicioso. En un determinado momento me percaté de que una sombra, a mi lado izquierdo, estaba compartiendo la aventura. Deduje, dado que la oscuridad no permitía entrar en detalles, que se trataba de mi compañero que se unía a la fiesta. Pero girando la cabeza hacia la derecha, pude darme cuenta que había otra sombra en la habitación. Ésta era la de mi compañero que se esforzaba con gestos, en hacerme comprender que quien estaba a mi izquierda era un “alienígena” que no formaba parte de nuestro submarino. Era don Eusebio que había entrado sigilosamente y trataba de fichar a todo personaje que asomaba la testuz. Terminado su acopio de nombres protagonistas, se dirigió a mí dándome un capón, y me mandó a la cama con la promesa de proporcionarme un castigo más severo, como complemento. 


viernes, 27 de enero de 2017

De latín sempiterno

Era el de latín, un profesor del que podría decirse que se reía de su propia sombra. Y tenía; y mucha. Socarrón, de expresión entre despistada y arrogante, con mirada de intriga, portaba un cigarro de Caldo entre los labios como un acento con tilde para enfatizar su catadura. Transmitía una difusa sensación de intriga y malevolencia pérfida. Si te detenías en su contemplación identificabas en él la aureola añeja de quien lleva a la espalda el latín sempiterno. Aureola que realzaba con su atuendo; una sotana ceñida a sus carnes, como si hubiera sido implantada para la eternidad.
He de aclarar, que en aquel tiempo, la sotana había pasado ya a mejor vida. Era el único que en el escenario de nuestro colegio se atrevía a mantenerla como símbolo de sus decisiones inmutables. Cuentas las malas lenguas que obedecía tal decisión a una apuesta que había hecho con sus colegas en los albores del aperturismo conciliar de los años 60. Y doy fe de que, hasta hace bien poco, mantenía aún su determinación, supongo que más en momentos eclesiales que sepultaron, en gran medida, aquel soplo de aire fresco del Vaticano II. Hace no mucho tiempo,en mis escapadas a Salamanca, todavía tuve la oportunidad de contemplar su erguida figura, paseando por las calles de la ciudad. Y me deleité en esa imagen, con la sensación de que en él, como en tantos rincones de la añorada “Roma la chica”, se había detenido el tiempo. Ante las clases de latín nos sumergíamos en un clima de “tensión contenida”. No sólo por la fascinación que nuestro profesor nos contagiaba, sino también por el clima suscitado y la didáctica empleada por el referido instructor. Llegábamos a la contienda con la seguridad de ser examinados en profundidad respecto al dominio y manejo de aquella “lengua muerta”, a la que nosotros jamás habíamos experimentado tan viva. Entraba el profesor, todos nos levantábamos y rezábamos una plegaria. Para él, era el toque de salida a la función estelar que iba a reproducir. Para nosotros, la súplica dirigida a lo más alto, implorando pasar desapercibidos, o al menos, no ser actores principales de aquel teatro en el que todos los días se producían víctimas. Nos sentábamos y agachábamos la cerviz como corderos llevados al matadero. Teníamos la dudosa convicción de que si no dábamos la cara, ésta se vería libre de sufrir el sonrojo ante las inoportunas preguntas o demandas que se vinieran encima. Y el director de orquesta comenzaba pausadamente con su liturgia y puesta en escena. Sacaba su petaca, elaboraba cuidadosamente el tabaco de picadura (su inseparable caldo), acariciaba entre sus manos el mechero de piedra y le proporcionaba varios golpes a la ruedecilla para que surgieran las chispas incandescentes que terminarían por encender el apetecido cigarro. Se respiraba el silencio tenso, cuando terminado su ceremonial, el profesor proyectaba con su mirada un barrido rápido y suspicaz por todo el tendido. Silencio que se rompía cuando el ilustre docente decidía centrar su atención en uno cualquiera de su alumnado. Todos los demás respirábamos aliviados. Había pasado ese momento de excitación. Incluso se producía una relajación placentera. Frecuentemente se prolongaba con risas y jolgorio ante los comentarios pícaros, juegos de palabras, anécdotas divertidas, etc., que el profesor traía a colación cuando las respuestas del alumno-víctima eran erróneas o defectuosas.
En la clase iniciábamos el curso colocados por orden de lista. Pero ese orden apenas duraba un día, ya que ese acomodo se iba estableciendo en función del mayor o menor conocimiento que del latín tuviéramos cada uno. Para ello el profesor lanzaba preguntas o planteaba cuestiones al alumno que ocupaba el primer lugar, si éste fallaba, la cuestión pasaba al siguiente; si no resolvía el dilema, quién le seguía era el que tenía que dar respuesta; y así se continuaba hasta que llegaba el alumno que daba con la solución correcta. Entonces el profesor exclamaba a voz en grito dirigiéndose al alumno aventajado; “¡Pásalos, por bobos!”. Y éste adelantaba en puestos a aquellos que habían fallado. En honor a la verdad debo decir que a pesar de la tensión las clases de latín eran de lo más entretenido. Era imposible aburrirse. El dinamismo y excitación creados por nuestro profesor las convertían en una especie de teatro donde todos tomábamos parte, implicados en lo más profundo. Incluso cuando dábamos la callada por respuesta. Parece que aún estoy viviendo aquel momento en el que dirigiendo una determinada pregunta a un querido compañero del pueblo salmantino de EJEME, éste, no sabiendo qué responder, permanecía en un mutismo absoluto. Nuestro querido profesor, simulando ocupar el puesto del aludido, y exhibiendo la típica sonrisa picarona, rompió el silencio diciendo: “deeeeEJEME, señor, deeeeeEJEME, señor, deeeeeEJEME, señor” . No sé si aquellas pedagogías eran las idóneas, pero sí estoy seguro que en ellas se ponía alma, corazón y vida. Era imposible quedar al margen.

(Continuación) La aventura del viaje a Normandía.

En realidad, todo este viaje estuvo envuelto en situaciones paradójicas y alucinantes. Nada más llegar a la ciudad de Cannes, en el hotel ...