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miércoles, 20 de diciembre de 2017
Aquellas navidades del 73
Con ese espíritu dulzón que se me albergaba muy dentro del pecho en los albores de las navidades, me encaminaba, al final de la mañana del 20 de diciembre de 1973, hacia la portería del internado para solucionar no sé qué asunto que tenía pendiente. Ese mismo día nos daban las vacaciones de Navidad. El comedor ya se estaba engalanando con serpentinas y ornamentos para la ocasión, y los villancicos sonaban a todo trapo imantando el contexto de fantasía y ensueño. En unos minutos celebraríamos la comida especial con que cada año nos sorprendían en las horas previas a nuestra marcha.
Y me topé de frente con un amigo que con la cara un tanto desencajada, arrojando una inquietud manifiesta, me espetó alarmado: “Han matado a Carrero Blanco”.
Llegaba de su domicilio (él era externo), ubicado dentro de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Salamanca, portando noticias frescas sobre los movimientos castrenses y de las fuerzas del orden público. “Han ordenado el acuartelamiento de todas las unidades. Se va armar una buena”, me dijo.
Quedé sumido en una profunda inquietud. De un golpe interioricé una gama diversa de posibles desgracias que podían venir unidas, como consecuencia de este inesperado atentado de la calle Claudio Coello de Madrid. La placidez externa con la que vivíamos podía volar por los aires de modo similar al del vehículo del Almirante.
Placidez externa. Porque a pesar de las situaciones que nuestro País estaba pasando desde hacía tantos lustros, sometidos al gobierno arbitrario del Dictador, nosotros vivíamos una vida feliz y libre, dentro de los muros de Calatrava. Teníamos conciencia del contexto en que vivíamos, sí. O al menos, nuestros educadores trataron de transmitirnos la información oportuna, para que analizáramos la realidad de modo crítico y pudiéramos liberarnos de la propaganda del régimen. Éramos conscientes de las injusticias y ataque a los derechos humanos que se cometían bajo la batuta del poder del gobierno. Pero este conocimiento no dejaba de venir ligado a cuestiones especulativas o de conocimientos teóricos. En lo práctico, gozábamos del feliz limbo de la inconsciencia.
De modo que el asesinato del Presidente del gobierno suponía una cuña incrustada en la base de flotación de nuestro mundo feliz. ¿Sería posible que esta adherencia violenta aniquilara la placidez de las aguas de aquel estanque?
El espíritu dulzón se me agrió, la fiesta se me hizo tormentosa y la marcha hacia mi pueblo, en el coche de “línea” que me transportaba, resultó el trayecto hacia las tinieblas del futuro. Un futuro que, afortunadamente, años más tarde, terminaría siendo iluminado por la luz de la esperanza.
viernes, 15 de diciembre de 2017
Cuestión de pelotas
Mi vida ha estado siempre profundamente ligada a las pelotas. Es probable que desde los primeros soplos vitales me sobreviniera un aprecio singular por tener en mis manos ese juguete esférico, que golpeado contra una pared de modo repetitivo, y devuelto con un toque seco impulsado por la palma de la mano, hacía las delicias del entretenimiento de mi niñez.
La cuna en la que se abrieron mis ojos y sintieron las primeras sensaciones acústicas mis oídos, estuvo instalada muy cerca del frontón del pueblo. Supongo que a ella me llegó, aunque de modo inconsciente, el impacto favorable de las contiendas deportivas que se dirimían entre los mozos del pueblo. La pelota al chocar fuertemente contra el frontón era repelida de modo tan exageradamente enérgico, que no pocas veces llegaba rebotada a lamer el alfeizar de mi ventana, tras la que exploraba mi entorno, con movimientos juguetones de mis miembros inferiores y superiores. Así debí ser imbuido por una atractiva fuerza a la que estuve prendido durante varios años.
También, según me dicen, tendría sobre mí su impronta la herencia genética recibida de mi abuelo paterno. Cuentan que era uno de los mejores pelotaris de la comarca. A mí a penas me alcanza sobre él algún recuerdo vinculado a dicha práctica. Una ligerísima visión retrospectiva me acerca su imagen de pequeña estatura, cuerpo menudo, ceño fruncido medio disimulada por la boina y talante nervioso y vivaz, enviando la pelota con la precisión de un cirujano a los huecos donde no podían llegar sus oponentes. Tal vez mi imaginación esté cubriendo el lapsus que no ha rellenado el recuerdo.
Más tarde, en los albores de la adolescencia, fui cautivado por la práctica del balón pie. Práctica que me acompañó ya de modo inexorable durante los años más significativos en el ejercicio del deporte. Y no sólo en ese tiempo. Todavía, hace unos pocos años, estuve ligado al mundillo futbolístico acompañando a mi hijo en todos los partidos que disputaba los fines de semana y, a veces, hasta en algunos entrenamientos. Y así se me ha ido gran parte de mi tiempo, viviendo la excitación que me transmite una pelota, que como loca salta, se desliza, choca y en raras ocasiones queda encajada bajo el arco y el fondo de red de una portería. Seguro, que es tiempo precioso un tanto perdido. Como perdida parecía la mañana de un sábado, 15 de febrero de 1973, en el que reflejaba en mi diario cierto reproche por estar ocupado en funciones balompédicas: “Por la mañana todo el día haciendo las tareas de delegado de fútbol”. En ese tiempo yo era el “balonero”, encargado de proporcionar los balones necesarios para las diferentes prácticas deportivas del colegio, mantener a punto los diferentes materiales y dejar todo ello recogido y en perfecto estado de conservación.
Tiempos perdidos. Pero qué puedo hacer, si llevo el estigma de las pelotas grabado en el pecho desde cuando, sin tan siquiera balbucear palabra, recibía las primeras sensaciones vitales en una cuna ubicada frente al frontón de mi pueblo.
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lunes, 11 de diciembre de 2017
Personalidad
“Tener personalidad o no tener personalidad”. Para mí siempre fue una etiqueta con la que distinguía a las personas con quien me relacionaba. Ignoro la importancia que le dan los jóvenes actuales a este tipo de características y si lo tienen en cuenta a la hora de vincularse a sus iguales. Aunque, si he de ser justo, he escuchado comentarios a mis hijos en los que aprecio la valoración que ellos le otorgan a sus amistades, en función de rasgos constitutivos de la persona.
Sin embargo tengo la impresión de que en este momento se valora más las características superficiales y físicas. Los medios de comunicación social; la prensa rosa; la publicidad; las costumbres y modos de vida que sancionan la apariencia y el físico como rasgos fundamentales de aprecio social; los programas televisivos de dudosa calidad, y los de calidad (sin que quepa la mínima duda) paupérrima,; etc; proyectan unos modelos en los que abunda el raquitismo mental y el triunfo de lo cutre y rastrero.
Estoy seguro de que no todos estarán configurados por el mismo patrón, pero muchos de nuestros jóvenes, necesariamente, han de verse impregnados de estas corrientes fulleras y mediocres. Es difícil que tengan aspiraciones, que vayan mucho más allá, de conseguir una apariencia “chachi”, un físico con el que atraer a posibles refriegas epidérmicas. La evasión y búsquedas de placeres sucedáneos, es la alternativa que le queda a todos aquéllos que son conscientes de que no dan esa talla o que fracasan por tener un cuerpo que no se concilia con los cánones de las últimas tendencias.
Yo mismo me siento francamente infectado por estas directrices que me marcan desde vertientes externas. Me sorprendo en ocasiones valorando en función de trivialidades y apariencias cosméticas. Y lo tremendo es que se me va insertando este virus, de un modo semiinconsciente, en las profundidades del alma. Tanto, que recibo como un soplo de aire fresco, que me despierta de mi letargo, ese recuerdo del diario de mi etapa juvenil, que hace alusión a la importancia de tener personalidad.
viernes, 7 de abril de 2017
Encuentros furtivos
La coeducación en los colegios es algo tan natural y sensato
en la actualidad, que me resulta chocante, el imperio del criterio opuesto, en
aquellos años del pasado. La separación educativa por sexos, provocaba un
peculiar trato entre chicos y chicas. Estábamos acostumbrados a que la
cotidianidad marcara una relación exclusiva homófona, chico-chico o
chica-chica. Esta circunstancia propiciaba un deseo enfermizo de encuentro con
el sexo opuesto, en ese espacio extraordinario que suponía los fines de semana.
Íbamos como locos en busca de esas relaciones complementarias. Y las
absorbíamos, en aquel intervalo de nuestra vida que conformaban el sábado y
domingo, como si fueran las últimas relaciones heterosexuales de las que íbamos
a gozar en toda nuestra vida.
En algunas ocasiones, en nuestro internado, se rompía la
tendencia y lográbamos algún furtivo encuentro con alguna jovencita durante los
días ordinarios de la semana. Solían ser ayudantes del servicio del colegio,
que colaboraban en tareas de limpieza y del comedor. Establecer algún tipo de
contacto, de mirada cruzada, roce intencionado en el cruce discreto de un
pasillo, o simplemente observar las piernas generosamente mostradas en un
descuido, constituían todo un plus regocijante para nuestras vidas sometidas al
desierto cotidiano.
En circunstancias excepcionales nos trasladábamos al
Aspirantado Maestro Ávila, colegio con el que teníamos relaciones especiales de
fraternidad (Algunos de nuestros superiores de entonces, y la totalidad de
tiempos anteriores, habían sido formados en la orden de dicho centro). Solíamos
compartir con los alumnos de allí el visionado de películas de cine. A ese cine
también asistían algunas chiquitas del servicio de aquel centro; y yo quedé
prendado o prendido de una de ellas. El domingo que nos ocupa tuve un encuentro
regocijante con ella, de cuyo nombre, como en El quijote, no logro recordar,
pero que mi diario se refleja como la chica del “Aspi”
Cada noche de domingo vivíamos sometidos al resultado de
nuestros escarceos de fin de semana. Una moral que dependía directamente de
nuestros éxitos o fracasos en aquellos envites, imprimía en nosotros el sello
con el que afrontábamos la difícil andanada del comienzo de semana. El 10 de
Junio, por la noche, pasaba por momento desordenados de euforia y decaimiento.
No lograba mantener un equilibrio equidistante entre los dos polos. Ora me
sentía amilanado por la proximidad del lunes y la negrura que proyectaba sobre
mi espíritu, ora me deleitaba en el recuerdo de la chica del Aspi y una tal
Maite que también se había cruzado en mi camino provocando el deleite de un
nuevo encuentro.
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martes, 4 de abril de 2017
De los profesores que dejaron huella

D.E.P., querido Victoriano García Pilo.
El profesor de filosofía llevaba la “voz cantante”. Era a la vez docente de la materia especulativa y profesor de música. Creo recordar que también en alguna ocasión impartió clases de religión en sustitución del profesor titular. Pero quedará vinculado a los recuerdos de los antiguos alumnos como el profesor de música.
Mis primeros recuerdos sobre él me trasladan a una clase impartida, si no recuerdo mal, en el laboratorio de Ciencias, que en alguna ocasión se utilizaba para esta materia, por tener en él albergado un piano. Trataba el profesor de organizar el grupo en función de las dotes musicales de cada uno. A nivel individual íbamos saliendo, uno a uno a la palestra, para repetir la escala musical y así poder determinarse el soporte de nuestras diversas tonalidades. Él trataba de marcar la pauta trazando a cada alumno las referencias gestuales y acústicas que le facilitaran la reproducción del producto deseado. Sus exageradas muecas provocaban en un principio irritación o mofa. Parecía agredirte con los movimientos de su rostro. Arqueaba las cejas, fijaba la mirada abriendo espectacularmente sus enormes ojos que parecía iban a salírsele de los cuencos; esbozaba una expresión dura acentuándola con esforzados rictus de cartón piedra. Abría tan espectacularmente la boca que parecía te iba a engullir en el siguiente movimiento.
En tiempos posteriores he proyectado sobre él la imagen de la boa que se traga al elefante en El Principito de Saint de Exupéry
Y en las ferias de la ciudad donde hoy vivo, el espectáculo infantil de “La Tía Melitona”, zampando en un simulado juego a los niños que se atreven a meterse en su boca, me renuevan cada año el recuerdo de este inolvidable y querido profesor de mi adolescencia.
A pesar de sus gestos era todo bondad. Nos trataba con el esmero que necesitaban adolescentes sometidos a los cambios, en una edad henchida de dificultades, periodo trascendental para ir apuntalando los hitos y lanzarse a vivir una vida madura. Su asignatura de filosofía, que el diario de este 13 de noviembre me trae a la memoria, era un compendio de reflexiones para la vida. Esgrimía análisis y críticas agudas sobre los modos de existir y comportarse. Y a muchos de nosotros (recuerdo la pasión con la que consumía sus clases mi querido compañero Santamaría), nos facilitó referencias, para atrevernos a pensar de modo original y personalista.
lunes, 3 de abril de 2017
El escaño de la cocina
Cualquier detalle de aquella #época remota me evoca sentimientos o recuerdos de profundo calado. La referencia en mi diario #juvenil, de un día de puente y la consiguiente visita #familiar al pueblo, me hacían situar ante ese otro entorno de mi vida, aquel que me suministraba sentimientos contradictorios de #amor y de #rechazo. Amor a mi familia, allegados, #amigos e incluso a todos los habitantes de ese contexto #rural, convecinos a los que profeso natural aprecio; pero rechazo a las condiciones duras de vida, esas condiciones que me habían empujado a buscar otro hábitat de supervivencia.Mis recuerdos se remontan a un tiempo para mí remotísimo en el que residíamos en el centro de la #villa, domicilio donde yo vine al mundo. Mi #padre, cansado del intenso trabajo que las faenas agrícolas y ganaderas le hacían soportar, yacía tumbado sobre un #banco de madera (“el escaño”), adormilado, en actitud de espera, anhelando que mi #madre volviera de casa de los #abuelos para servirle la #cena. Los acontecimientos y recuerdos de un pasado tan lejano se entremezclan en una nebulosa confusa y deshilachada que no me permite concretar una #evolución cronológica medianamente fiable. Pero me inclino a pensar que éste es el primer recuerdo que ha quedado prendido entre las #telarañas de mi memoria.Esa visión, #fotografía viviente que permanece aún en mi vida como un fresco de profundo arraigo en mis entrañas, se me ha antojado un flash premonitorio de a qué podía quedar reducida mi vida, si seguía los pasos de mi padre. Es probable que mi búsqueda de otros mundos diferentes al que había experimentado desde mi más tierna #infancia, tenga mucho que ver con el efecto angustioso que me produjo la contemplación de mi padre, agotado, rendido sobre un banco de madera, esperando la cena y sin otras expectativas que vivir sometido a las leyes inexorables de un trabajo agotador, que a duras penas producía un mísero fruto para ir sobreviviendo.
jueves, 16 de marzo de 2017
Veladas de luz y entusiasmo
Este viernes, venía cargado de
expectativas e intrigas. Al día siguiente, sábado, estaba programada una de las
muchas veladas que se organizaron en Calatrava, en los años en los que yo
estuve interno. Realmente disfrutábamos de estos eventos festivos que nos
trasladaba a un espacio mágico, cargado de efectos luminosos y acústicos
especiales, y aderezados con elocuente creatividad.
Sobre todo, constituían un aliciente
de extraordinario interés para aquellos que llevábamos en nuestras venas la
llamada de artista o el hormigueo creativo de las musas. Algunos, entre los que
me encontraba, aprovechábamos estas circunstancias, para escribir un sainete,
algún teatrillos, un sket, o cierta historia con tintes de divertimento, que
pudiera ser representada. También nos investíamos de insignes rapsodas para
recitar sobre el escenario, acompañados de los arpegios de una guitarra o bajo
la armonía de las notas de un piano, algún poema propio o de poetas más o menos
conocidos, elegido para la ocasión. Han pasado muchos años y todavía resuenan
en mis oídos algunos poemas que tuvieron sus momentos de gloria:
"Tu conoces al Piyayo?
Un hombrecillo reseco, chicuelo,
La mirada de gallo pendenciero,
Un hocico de raposo tiñoso,
Que pide limosnas por tangos
Y mastica cantando fandangos gangosos..."
"A veinte leguas de Pinto,
y treinta de Marmolejo
existió un castillo viejo
que construyó Chindasvinto..." (...)
Estas veladas ofrecían también la
oportunidad de exhibirnos cantando o bailando. Bien fuera haciendo gala de las
habilidades personales, mostrando dotes de cantautor o intérprete; o en otras
ocasiones, participando con otros en exhibiciones grupales.
En mi caso, la mayoría de las veces,
pretendía participar en todas las modalidades posibles. Por eso, en mi diario
de este día, queda escrito este testimonio: “En líneas generales esta tarde ha
sido de mucho trabajo. He ido de ensayo en ensayo para la velada de mañana.
Tengo la garganta muy irritada. Supongo que mañana seguirá el jaleo.
martes, 7 de marzo de 2017
Efluvios de membrillo
Me estrenaba esos días como responsable de economía del Club
de Excursionista Calatrava (CEC) y en este sábado primaveral, parece ser, que
dediqué gran parte de la mañana a realizar cuentas. No creo que fuera
especialmente complicado, pocos eran los ahorros que había que gestionar. Pero
el asunto de presupuestos y la decoración del local que nos habían puesto a
disposición para uso del grupo, me ocupó la mañana por completo.
Fue un día también dedicado a asuntos familiares. Visitas a
un hermano (José Luis) que estudiaba Formación Profesional en el “Rodríguez
Fabrés”, a un tío enfermo (mi tío Tomás) que trataba de superar una nefasta
enfermedad en el Ambulatorio; y también, a realizar la tarea de envío al pueblo
de la “muda”. No era ésta una mujer impedida de la facultad del habla.
Se trataba de la ropa sucia que semanalmente enviábamos a la casa de nuestra
familia. Nuestras madres realizaban la colada correspondiente y el lunes o
martes nos devolvían el envío con la ropa limpia. Entre la ropa solía llegar
alguna carta, notas en las que proliferaban manifestaciones de ternura, signos
de apego, a veces dinero; y algunas pitanzas de pueblo, que nos servían de
complemento a la alimentación y fortalecían vínculos de añoranza, conectados al
hogar del que estábamos puntualmente lejanos.
La “muda” hacía el camino de ida y vuelta en una bolsa de
tela, tipo petate, que llevaba inscrito nuestro nombre y la dirección de la
villa de procedencia. El intercambio se realizaba, al menos en mi caso, a
través de la “Serrana” o “coche de línea” que efectuaba el trayecto diario
entre el pueblo y la ciudad, y viceversa. Me encargaba yo de llevarla los
sábados a la estación de autobuses, pero no recuerdo con exactitud quien se
encargaba de transportarla desde la estación hasta nuestro internado.
Probablemente fuera el portero de nuestra institución, el señor Juan, personaje
infatigable sobre el que recaían diversas funciones. A principios de semana nos
dirigíamos a la portería y en un local contiguo colgaban, como jamones suspendidos
en sendos garfios, las bolsa de las “mudas”. Las recogíamos y nos apresurábamos
hacia nuestra habitación con la excitación propia de quien espera encontrar
entre las pulcras ropas las muestras de algún tesoro. Uno de mis tesoros
favoritos estaba relacionado con la fruta. Era el membrillo. Me enviaban
membrillos en la época en que la fruta estaba en pleno esplendor, con
frecuencia hacia la festividad de los Santos. La bolsa arrojaba un
extraordinario aroma. Distribuía los membrillos por toda la habitación, entre
los entresijos de la ropa, y el efluvio permanecía durante tiempo prolongado
como signo de presencia de la familia ausente.
viernes, 3 de marzo de 2017
Profesor de mates
Desde las mesas de los alumnos observábamos al profesor de matemáticas, con una inclinación que apuntaba rasgos cómicos. Encogido, a pesar de estar elevado sobre la tarima, se estiraba a un lado y otro de la mesa, haciendo movimientos con sus brazos en actitud de apropiarse de los diversos bártulos que poblaban la mesa del docente. Sus movimientos representaban una metáfora de su posición ante la ardua tarea de la enseñanza. Daba la sensación de que se le escapaban aspectos esenciales presumiblemente atribuibles a la docta tarea del magisterio. Y trataba de someter el espacio y sus objetos en un afán de dominio de la disciplina que parecía venirle demasiado grande. Como su propia americana. Demasiado amplia para su pequeña estatura, no terminaba de encajar en su cuerpo diminuto y transmitía una infundada percepción de estar plagada de arrugas y pliegues.
El “profe de mate” era todo candor. Nos obsequiaba con
rictus de sonrisa forzada y mirada gatuna, a caballo entre benévola y
complaciente Alguien de este talante no podía ser nocivo para el alumnado. Se
esforzaba para transmitirnos la esencia del saber, los números, ecuaciones,
logaritmos, etc., con la dulzura que emplea una madre con su bebé, allanando en
todo lo posible, el terreno escabroso de la difícil materia. Nos daba
innumerables posibilidades de repetir exámenes, mejorar nota, posibilidades de
recuperaciones; y nos proveía del necesario oxígeno y adecuadas ayudas para
abordar las dificultades que se nos presentaban en el camino. Y así, vivíamos
con la convicción de que dicha asignatura, no sería la que proyectara un borrón
en nuestro expediente académico.
martes, 28 de febrero de 2017
Artimañas benevolentes
En el noble ejercicio de eludir las situaciones conflictivas o evitar episodios que
provocan temor, valen todas las artimañas. En el día de marras tenía que
enfrentarme a posibles problemas que derivaban del hecho de no haber dado ni
golpe en el estudio. Ante la previsible circunstancia de enfrentarme al
profesorado sin ningún escudo protector que me hiciera salir airoso ante sus
envites, decidí quedarme todo el día en cama. Esgrimí en mi defensa estar
sufriendo graves molestias y dolores de anginas. En realidad no era más que la huida
del cobarde. Me sirvió, sin embargo, para quitarme de encima la predecible
vergüenza del derrotado y tomar impulso para afrontar futuras refriegas.
En el internado, quedarse en la cama enfermo, salvo el
citado aspecto de eludir problemas mayores, no era ningún plato de gusto.
Suponía sufrir el paso de las interminables horas, viviendo enclaustrado en una
penosa soledad. El sopor del aislamiento te predisponía a una irritable
sensación de amargor existencial, como si vivieras flotando en un limbo a
caballo entre la vida y la falta de coexistencia. Periodos interminables de silencio absoluto, inserto en
aquella mayúscula masa que cual castillo encantado representaba Calatrava,
derivaban en una alucinación imprecisa en la que ensoñabas que todos tus
congéneres habían sido tragados por las fauces del castillo. Este silencio
opaco era interrumpido por alguna breve pausa, los cambios de clases, en las
que un lejano murmullo te desperezaba, como si de repente hubiera surgido un
látigo de vida en el desierto inhóspito de la atmósfera flotante que se cernía
sobre tu cabeza. Posteriormente adormilado y semiinconsciente, volvías a
zambullirte en el tedio perpetuo del paso de las horas. Sólo con el final de las clases, lograbas desembarazarte de
esa sensación de estar sumergido en un misterioso clímax de evasión incorpórea.
Comenzaban a llegar la visita de compañeros que te proporcionaban información,
anécdotas y las peripecias relacionadas con el transcurrir de las clases
durante la mañana. Resurgía la vida. Los pasillos, arterias del inmueble, se
repoblaban de alumnos y experimentabas que esa sangre de la vida, transitaba nuevamente
imparable, con la fuerza de un ciclón.
jueves, 23 de febrero de 2017
Qué quedará de nosotros para la posteridad
“He terminado la 3ª evaluación (...), el viernes examen de literatura (...), hoy hemos tenido los de Religión y Matemáticas (...), en Francés me han dado un suficiente (...), he escrito un carta a mi tío...” Referencias cargadas de insignificancia que pueblan mi Diario de aspectos intrascendentes. Releer estas notas tras el paso de tantos años, te produce un efecto de sentimientos ambivalentes. ¿Mereció la pena dejar escritas esas notas con el afán de que pasaran a la posteridad?. Una mirada superficial te hace pensar que lo reflejado no pocos días, en las hojas de esa libreta de rojo descolorido y ajada por el tiempo, apenas si merecieron ser escritas. En realidad poco aportan como información de aquellos momentos en los que estaba viviendo mi adolescencia.
Sin embargo, la importancia reside en que me transportan
a esos momentos y revivo los sentimientos y vivencias como si los contemplara
de cerca, pero con la añadida comprensión que me da la perspectiva del tiempo
vivido. Me veo en la soledad de mi habitación, penetrando el silencio
imperturbable de la noche, zambullido en un sinfín de vivencias de euforias o
desánimos, perturbado por el cúmulo de exámenes que se cernían sobre nuestras
cabezas como espinas punzantes que te estimulaban a la responsabilidad del
estudio, por encima de que lo que te pedía el cuerpo fuera el ocio, el desahogo
y la vida alegre. Y otras veces, henchido de satisfacción y regocijo porque la
vida que se te brindaba estaba cargada de fuerza, entusiasmo, de posibilidades
indefinidas, de felicidad plenificante.
Me vislumbro escribiendo esas notas de forma apurada, al
final del día, con el sopor que ya te va produciendo el sueño y con la firme
resolución, de que no pase ni un día, o como mucho dos, sin que la tinta de mi
bolígrafo deje algún reguero de mi vida cotidiana plasmada en esas hojas, que
hoy contemplo descoloridas.
Hoy se me revelan esos regueros de mi pasado, como la
fuerza de lo insignificantes.
miércoles, 22 de febrero de 2017
EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

Conocido es, que una de las principales dificultades con las que se encuentra un adolescente, tiene que ver con las capacidades de organizarse, proponerse itinerarios, planificar metas a medio y largo plazo, etc. Al adolescente le mueve el “ya”, “el ahora quiero”, el “me apetece en este momento”. Desde su cabeza y raciocinio no es capaz de darse cuenta de que hay metas que se consiguen con la constancia, el sacrificio, el saber dar tiempo al tiempo, y sobre todo el saber distribuir ese tiempo, dedicando el esfuerzo necesario a cada empresa, en virtud de su respectiva importancia. Pero una cosa es el pensamiento y otra los hechos. Y al final por mucho que aparezcan los buenos deseos prima la tendencia de “lo que me pide el cuerpo”. Y el cuerpo, ya lo sabemos, se deja llevar por las sensaciones placenteras, la ley del mínimo esfuerzo o los reclamos inmediatos Harto de dejarme llevar por esos reclamos, un 6 de marzo de tiempo pasado, luchaba contra el devenir de mis apetencias adolescentes, tratando de poner orden en mi vida. Resolvía planificar mi tiempo de tal modo, que el resultado de mi esfuerzo a medio y largo plazo, no pudiera ser otro que el conseguir las metas de éxito exigidas por el estudio. Que ese era el primordial deber que me mantenía en aquella ilustre institución de internado. Y así me dispuse a distribuir tiempo adecuado a cada materia de las que tenía entre manos, previo el cálculo prorrateado de su dificultad, dividido entre el potencial que yo supuestamente poseía para cada ciencia respectiva...; en fin..., cálculos matemáticos que me hicieran llegar a la ecuación perfecta para conseguir el máximo nivel de rendimiento. Y así de esta guisa, derroché todo el día aprovechable, en una planificación imposible. De entrada, supuso, que en la práctica no hiciera nada. Aunque mucho me divirtió. Que en materia de divertimento nunca hay malos momentos. Pero también me ha quedado una sensación de fracaso y ahora me encuentro en busca del tiempo perdido
jueves, 16 de febrero de 2017
En el arrullo de la noche
Finalizada la
jornada escolar y social de cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con
la resolución de aplicarnos al descanso, siempre merecido, porque toda persona
necesita y merece su descanso, independientemente del provecho que del día haya
obtenido. Ese 5 de marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y
así llegaba a la habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y
repudiando el Finalizada la jornada escolar y social de
cada día, nos retirábamos a nuestros aposentos con la resolución de aplicarnos
al descanso, siempre merecido, porque toda persona necesita y merece su
descanso, independientemente del provecho que del día haya obtenido. Ese 5 de
marzo, consideraba yo, que no había sido de mucho rédito. Y así llegaba a la
habitación, más bien cabizbajo, con cierto malhumor y repudiando el día
siguiente, que a todas luces prometía ser de complejos obstáculos escolares. Lo
apropiado en esas circunstancias era desnudarse, ponerse el pijama, limpiarse
los dientes e introducir el cuerpo bajo el reclamo de las sábanas. Pero el
hecho de tener sentimientos de derrota, no iba anejo en mí, a hundirme en el
catre sin encomendarme a Dios ni al diablo. Más bien, el desánimo
experimentado, me proporcionaba una coartada
para solazarme en la contemplación arrebatadora de la noche. Y así, me
acercaba a la ventana, exponía medio cuerpo fuera de ella, presentía el espacio
despoblado del patio de nuestros juegos y aspiraba con deleite las sensaciones
inagotables del enigmático anochecer.
Ese zambullirse durante horas, en la noche
que quedaba fuera, entre el sortilegio de las luces de la ciudad, que tenía su
cenit en el deslumbrante embrujo de la Catedral iluminada, suponía un bálsamo
delicioso para mi espíritu lacerado.
Hubo otros tiempos, dos o tres años atrás,
en los que la ventana que hoy me habría el horizonte de la noche, fue cauce de
relación, juegos e intercambios verbales con los compañeros de curso. Nos
permutábamos mensajes, nos “punzábamos” unos a otros, cantábamos canciones de
actualidad, relatábamos chistes y organizábamos tertulias entre los compañeros
que habitábamos en las habitaciones colindantes. Visto desde el patio aquello
podría semejarse a un enjambre de cabezas parlantes que afloraban de repente en
la oscuridad, en el momento de ser enviados, por el superior de turno, a
sumirnos en el sueño y no precisamente en el de Morfeo. Cuando el murmullo
alcanzaba cuotas de sensible elevación, era frecuente que fuéramos sorprendidos
por alguno de los responsables y ganarnos una reprimenda o pasar a engrosar la
fila de castigados.
Una de esas noches me encontraba en estado
de especial excitación. Había convenido con uno de mis colegas en animar el
corrillo desde mi habitación y éste estaba conmigo dentro. Me asomé a la
ventana y comencé a llamar al personal, emulando la famosa serie televisiva que
hacía furor por aquellos tiempo, “Viaje al fondo del mar”: ¡
“Aereosub llamando al Seaview”!,¡ “Aereosub llamando al Seaview”!,¡
“Aereosub llamando al Seaview”!., sintiéndome el marinero Kowalski de
la serie.; y mi volumen de voz iba progresivamente en aumento.
Paulatinamente las ventanas se iban repoblando de cabezas que me seguían la
corriente configurando un happening bullicioso. En un determinado momento me
percaté de que una sombra, a mi lado izquierdo, estaba compartiendo la
aventura. Deduje, dado que la oscuridad no permitía entrar en detalles, que se
trataba de mi compañero que se unía a la fiesta. Pero girando la cabeza hacia
la derecha, pude darme cuenta que había otra sombra en la habitación. Ésta era la
de mi compañero que se esforzaba con gestos, en hacerme comprender que quien
estaba a mi izquierda era un “alienígena” que no formaba parte de nuestro
submarino. Era don Eusebio que había entrado sigilosamente y trataba de fichar
a todo personaje que asomaba la testuz. Terminado su acopio de nombres
protagonistas, se dirigió a mí dándome un capón, y me mandó a la cama con la
promesa de proporcionarme un castigo más severo, como complemento.
jueves, 26 de enero de 2017
Notas con duende
Llegaban las evaluaciones y todo se transformaba en una vorágine de asignaturas desplegadas ante ti como retos y obstáculos desmedidos. Los exámenes se agolpaban en un puño. La distribución del tiempo pertinente a cada asignatura, se me representaba como el quehacer del equilibrista, en su afán de hacer rotar a una serie de platos sobre sus respectivos ejes, inyectándole la fuerza precisa para que ninguno caiga al suelo haciéndose pedazos, dedicándole la atención pormenorizada a cada uno, y a la vez, sin perder de vista el funcionamiento de todo el conjunto.
Sin embargo el esfuerzo y la energía invertida en tal empresa, solía tener la recompensa con la llegada de las notas. Mi aspiración consistía en poder conseguir una valoración de notable hacia arriba. Generalmente lo conseguía. Era entonces cuando se adueñaba de mí un regocijo vibrante, como si los estímulos transmitidos por el mundo circundante se revelaran preñados de fantasía.
Oyendo desgranar mis notas al tutor del curso, sentía sobre mi sien los arpegios vibrantes de guitarra española. Y si algún profesor entregaba los folios corregidos del examen, con la nota destacada en tinta roja, ésta, en una metamorfosis mágica, se transformaba en duende. El 7 representaba unas tintineantes campanillas; el 8 un duende zigzagueante que te hacía cosquillas en el paladar; el 9 una atractiva sirena que provocaba a salir tras ella, mientras te salpicaba, con su cola, del agua cristalina donde se sumergía, y el 10 un hada deslumbrante que te transportaba de la mano a un mundo de colores y ensueños.
Eran notas cargadas de duende. Era inyección de autoestima para proyectarte en la vida.
lunes, 23 de enero de 2017
Competición
Sonaban a todo volumen canciones festivas en el patio del colegio. Un gran bafle, que colgaba de la habitación de uno de los superiores, orientado hacia las canchas de baloncesto, amplificaba la música contenida en vinilos de la época. Los primeros albores de la mañana del sábado nos saludaban con esa atmósfera imantada de un atrayente proximidad de competiciones deportivas.
El patio se iba poblando lentamente de algunos rostros conocidos y muchos desconocidos; alumnos de otros colegios que venían a competir, chicas acompañantes, o espontáneas atraídas por el ambiente que teñían el escenario de un colorido inusual. Despertaban en nosotros vibraciones de gozo contenido. También llegaban familiares que, aprovechando el paréntesis del fin de semana, se acercaban a estar con sus hijos con el afán de pasar la jornada juntos.
El colegio se transformaba en fiesta, esos sábados de enfrentamientos deportivos, de liguillas escolares que se celebraban en la hermosa y embrujada ciudad de Salamanca. El ambiente se cargaba de animación en las pistas de minibasket, baloncesto, balonmano y en el campo de fútbol. Había gritos, algarabía, tensión controlada; alegría y regocijo cuando los nuestros ganaban, y, como no, frustración y tristeza cuando eran derrotados por los rivales deportivos. Ese 24 de febrero nuestro internado se enfrentó a los Agustinos en competición futbolística. Y ganaron los nuestros. Me dejó esa circunstancia un sabor agridulce. La victoria me había producido satisfacción, pero me hubiera gustado ser convocado por el entrenador (Álvaro) al partido. A veces no lo hacía porque me reservaba para participar en las carreras de “campo a través” (competiciones de atletismo a las afueras de la ciudad, entre barrizales y terreno abrupto), que tenían lugar las mañanas de domingo. Siempre tuve predilección por el fútbol, pero para éste había muchos más candidatos, mientras que los que teníamos condiciones para someternos a esas carreras de dureza infernal (tal vez el paso del tiempo me haga magnificar las circunstancias) se contaban con los dedos de una mano. Y no se podía estar en todas la batallas. Creo que esto ha marcado un poco mi sino a lo largo de los años. Por querer estar en todo, en no pocas ocasiones me he sorprendido asomado al brocal del pozo de la nada... (quizá también esto sea una exageración, y no debida al paso del tiempo)
viernes, 20 de enero de 2017
El rosco
Fuimos la 2ª generación que en nuestro internado tuvo la oportunidad de elegir el itinerario de Ciencias. Anteriormente sólo había habido una opción, las letras. Empaparse en latines y griegos era la base para acceder a estudios eclesiásticos. Pero ya en la anterior, y en nuestra promoción, nos habían inculcado la idea de dotarnos de una preparación generalista, que nos abriera perspectivas, y que no nos cerrara puertas para optar a carreras hacia las que nos sintiéramos atraídos.
Fue por ello que muchos de nosotros vimos que la opción de Ciencias nos situaba en posición más ventajosa respecto a las posibilidades que brindaba el futuro. Y optamos por dicho itinerario.
La química tuvo desde entonces una relevancia sustancial en nuestro corpus académico. Nuestro profesor de química era un docente de los pies a la cabeza. Sobre todo de la cabeza, porque tenía dimensiones desproporcionadas, o al menos así yo lo apreciaba desde mi puesto de estudiante en la cuarta fila de las mesas de alumnado. Y también porque en su cerebro albergaba todo el saber de las ciencias químicas que podían conocerse. Eso creíamos. ¿O acaso podía existir algún compuesto, fórmula de mezclas del Sistema periódico o dominio sobre probetas y alambiques que pudieran no estar bajo su dominio? Sus explicaciones solían ser claras e instructivas y nos exigía un estudio riguroso y constante. Sin embargo se mostraba ante nuestros ojos como un tipo frío y displicente. Era como una metáfora de las ciencias puras, muy lejanas de nosotros, y ocupando un espacio de la realidad que se nos antojaba reservado a los sabios y los genios. El profesor entraba en clase y ocupaba su tarima sumido en un semblante impersonal que se acentuaba en su rostro inescrutable. Sin un gesto que pudiera determinar si ese día venía de buen o mal humor. No necesitaba mandar silencio, a pesar de la algarabía que en el momento de su llegada reinaba en la clase. Su sola presencia garantizaba el silencio y la disciplina más escrupulosa. Con frecuencia preguntaba la lección que había explicado en la anterior clase. La preguntaba a alumnos escogidos al azar. Utilizaba para ello la libreta donde figuraban todos nuestros nombres con sus respectivas evaluaciones. Un nombre en cada hoja. Abría la libreta por cualquier parte, y el nombre que aparecía ante su vista era el condenado a someterse a sus preguntas de sanedrín. Si el alumno sorprendido por el azar, ante la pregunta a la que le estaban sometiendo, permanecía mudo, sin dar vestigios de tener alguna respuesta, nuestro profesor esbozaba un cierto mohín, como si en lo más profundo escondiera una sonrisa endiablada; y fingiendo una respuesta ficticia puesta en en los labios del condenado, expresaba en alta voz: “no me preguntéis a mí que soy ignorante, doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”. Acto seguido,hacía una reverencia ante su libreta y trazaba sobre la hoja del condenado un dibujo inequívoco, un círculo que se esforzaba en destacar ampulosamente, redondeándolo con profusión, en un gesto que prolongaba durante varios segundos para que todos tuviéramos la evidencia de que, con saña, estaba marcando un rosco.
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