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miércoles, 3 de enero de 2018
Embrujo universitario de Salamanca
Uno de los singulares atractivos por los que siempre me ha cautivado Salamanca, viene marcado por el mundo universitario. Sin ese mundillo que corre por las arterias de sus principales calles y los rincones más destacados, Salamanca sería como una ciudad que alberga preciosos enclaves monumentales, pero posiblemente afectada por escasez de brillo y falta de salsa y vitalismo. Con frecuencia he sentido que a la ciudad, cuando las facultades cierran, se le esfuma el alma.
Es verdad que los turistas, que remplazan en el verano y en otros momentos del año a nuestros ilustres aprendices del saber, les proporcionan a la urbe monumental un colorido de ineludible prestigio. Y en los meses estivales, los cursos de verano la dotan de un “folklore” variopinto y, a veces, estrambótico, que empapan el ambiente de fecundo guirigay. Los guiris pueblan la noche de rocambolescas fiestas y la ciudad parece extrañarse a sí misma, viviendo como foránea en su propio hábitat.
Pero estas presencias y manifestaciones trashumantes, no dejan de tener su desproporcionado cariz postizo. Los universitarios no. Se ensamblan en el seno de la ciudad como criaturas nacidas de su propio vientre, como población planificada desde las más remotas etapas de la historia para dar vida natural al encuadre sublime que les ofrece su hospitalidad. Y las arterias urbanas hacen fluir ese trasiego de jóvenes llenos de vida y esperanza, repletos de manifestaciones culturales, avidez por el saber y vibración por la fiesta, la tertulia y la vida.
martes, 2 de enero de 2018
Cambio de aires, rigores de incertidumbre
El paso de la etapa de bachillerato a la universidad, en ese tiempo, ya lejano, de mi vida, parecía estar avocando a cerrar ventanas. La brújula no acababa de estar orientada. Las dudas y el porvenir incierto se cernían sobre mí como nubarrones sospechosos, que en cualquier momento podrían desencadenar tormenta. O quizá no. Quizá sólo fuera una situación de bajón por el que pasamos a lo largo de la vida.
Pero estaba sufriendo la sequía. Una sequía que se manifestaba en la falta de producción. Había abandonado mi vocación poética y los incipientes escritos literarios habían quedado arrinconados en cualquier recoveco de la desapacible mansión en la que me albergaba. El verano y mi traslado a Mallorca conllevaron en su día la desvinculación del grupo de teatro, en aquellos primeros inicios (y que de momento han sido también los últimos) de mi incursión en las artes escénicas. El grupo había tenido que prescindir de mí en sus representaciones estivales por pueblos salmantinos.
Mi pasión por la práctica del deporte había fenecido como una bengala esfumada en el fragor de su explosión. De la práctica de tres competiciones de equipo (fútbol, baloncesto y balonmano) y atletismo, había pasado en poco más de una año al total abandono.
Sólo seguía asido, con hilos sutiles, a la querencia musical a través de mi vinculación con el grupo Tlaloc. Pero incluso esta vinculación sentía que estaba entrando en una etapa de desapego y vulnerabilidad.
¿Suponía verdaderamente la muerte de una época que ya no volvería? ¿La entrada en la universidad y los nuevos reclamos e intereses de mi vida estaban matando esos otros espacios e intereses que habían esponjado y desplegado un espíritu de expansión sin límites de fuerza creativa, expresiva y física?
viernes, 29 de diciembre de 2017
El reto de la elección profesional
La nueva etapa de la vida que se abría tras terminar COU nos adentraba en el mundo universitario. Estaba ese momento cargado de expectativas e ilusiones. Ser universitario era sinónimo de zambullirse en una vida placentera, y de experimentar el regusto de cierto rol de prestigio que no estaba exento de un tinte de vanidad. Sin embargo, el tomar la decisión de qué carrera elegir comportaba incertidumbre y asunción de riesgos que podían bloquearte durante toda tu vida, si la elección no había sido la correcta. Estabas abocado a elegir una dirección ante una encrucijada de caminos.
Supongo que por algo de esa incertidumbre estaría pasando un buen amigo, cuando llegó a mi casa, despertándome a primera hora de la mañana del 25 de septiembre de 1975, para pedirme consejo sobre la oportunidad o no de matricularse en Medicina. No sé qué orientación le di en ese momento. Ni tampoco creo que estuviera capacitado para ello (Cuan lejos estaba de sospechar por aquel entonces que muchos años atrás me iba a dedicar en mi trabajo, a la orientación profesional).
Algún tiempo estuve yo también tentado por el mundillo de la medicina. Pero muy pronto comprendí que me iba a ser más fácil cruzar un océano a nado, que dedicarme a tan ilustre profesión. Sólo pensar que tendría que adentrarme entre las vísceras humanas y manipular los cuerpos me provocaba una indecible aprensión. Y opté por una profesión que en cuestiones de cuerpo, sólo exigiera el roce de su superficie; y que, para incidir en profundidades, lo hiciera en referencia a la sutileza del alma, de sus niveles psicológicos y las capacidades no corpóreas del ser humano. Así me matriculé en pedagogía.
Aunque la decisión ya la había tomado antes. En COU. Tuvo gran influencia en ella los consejos del profesor de psicología. Me atraía sobre manera su asignatura, y tentado estuve de tomar dicho camino. Al yo comentárselo, el profe me desanimó. La psicología según Alberto, creo recordar que éste era su nombre, no tenía aparentemente salidas, existían muchas más posibilidades con la pedagogía, sobre todo, en los países latinoamericanos. Según él comentaba, estos países estaban demandando con insistencia, profesionales de la educación, para impulsar el desarrollo educativo de grandes sectores de población sometidos al analfabetismo. Y yo, que en mi interior sentía en esos momentos ciertos impulsos por marcharme a países del tercer mundo para ejercer una labor solidaria, descubrí la oportunidad de unir ambas perspectivas (solidaridad y enfoque profesional).
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