jueves, 4 de enero de 2018
El grupo socializa y enriquece
Mi vida ha estado ligada de una forma preponderante a diversos grupos. El interés de vincularme a otros para juntos perseguir proyectos musicales, lúdicos o de búsqueda conjunta de un sentido a la vida, han jalonado mi existencia por los cuatro costados. Algunos de ellos tuvieron su epicentro en las edades más tiernas.
En los años de preadolescencia, en la escuela de mi pueblo, unos cuantos amigos (Ángel, Marino ...) junto conmigo, constituimos un grupo de música que nos hacíamos llamar “Los Tapones”. Por supuesto que era un proyecto de juego de niños y que, en nuestras exhibiciones cantorales, tanto mezclábamos melodías de Manolo Escobar, boleros de la época, ritmos de twíst o yenka, como imitaciones de éxitos de grupos como los de Los Brincos, Fórmula V ó Los Tres Sudamericanos. Pero en todo ello había un propósito. Un propósito de significarnos como un grupo.
En el internado, en la etapa adolescente y juvenil, un grupo lúdico (Asociación USJA) nos reunió a varios compañeros del curso, para realizar nuestros pinitos y peripecias relacionadas con salidas al medio ambiente. No fueron muchas las excursiones y marchas llevadas a cabo, pero se creó en torno al proyecto todo un entramado de relaciones, creación, adecuación y decoración de un espacio propio para el ocio dentro del mismo internado, asunción de responsabilidades compartidas, elecciones de cargos y votaciones democráticas, etc., que nos ofreció la posibilidad de aprender a exigirnos y a asumir competencias sociales en grupo.
En ese mismo espacio de Calatrava surgió el grupo musical Tronco Seco que concentró, al menos para mí, el tiempo más precioso de aquella época. No sólo por el nivel de identificación personal con el proyecto del grupo, sino también por todo el mundillo de simpatizantes, querencias y afectos que llevó consigo. Cada vez que vuelvo la mirada al pasado me atraviesa una llama de ternura por ese contexto que probablemente desplegó las emociones más elocuentes y febriles de mi existencia.
Tlaloc y el grupo de teatro alimentaron un volcán interior. Una avidez de expresión artística y dramática que presumiblemente crecieron conmigo a partir del despliegue genético.
Pero por el 8 de octubre de 1975, el grupo que estaba ubicándose en mi vida como cerebro que recibía todos los impulsos y vibraciones, y del que irradiaba el dinamismo y ordenamiento de todas las demás actividades, tenía como propósito la búsqueda del sentido de la vida. El sentido de la vida personal unido al sentido compartido en grupo. Un sentido de vida que tratábamos de explorar, con el convencimiento de que la respuesta a la incógnita que subyacía en dicha empresa, nos llevaría a alcanzar el don preciado de la felicidad.
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